Luego de más de dos décadas vistiendo la celeste y blanca, Lionel Messi cierra su ciclo en la Selección. Se retira como campeón del mundo, bicampeón de América, máximo goleador, jugador con más presencias y símbolo de una generación que aprendió a quererlo también en la derrota.
Hay despedidas que no entran en una estadística. La de Lionel Messi con la Selección Argentina pertenece a esa clase de momentos que el fútbol guarda para siempre: una mezcla de gratitud, nostalgia, orgullo y conciencia histórica.
Este martes 6 de octubre de 2026, en el estadio Monumental, Messi jugará su último partido con la camiseta argentina en un amistoso ante Benín, en una noche pensada como homenaje a una carrera que cambió para siempre la historia de la Selección. El capitán llega al cierre de su ciclo con 207 partidos, 125 goles y 68 asistencias, números que lo ubican en la cima absoluta de los registros argentinos.
Pero reducir a Messi a sus números sería quedarse corto. Su historia con la Selección fue mucho más que goles, récords y títulos. Fue una relación compleja, a veces injusta, muchas veces exigente, que terminó convirtiéndose en una de las historias de amor deportivo más profundas que haya vivido la Argentina.
El chico que eligió Argentina
Messi pudo haber sido otra cosa. Pudo haber elegido otro camino, otra camiseta, otra comodidad. Creció futbolísticamente en España, se formó en Barcelona y fue deseado por todos. Pero eligió Argentina.
Su debut con la mayor llegó en 2005, ante Hungría, en una aparición breve y accidentada que terminó con expulsión. Nadie podía imaginar, en aquel momento, que ese joven rosarino de zurda ligera y mirada tímida iba a convertirse en el jugador más importante de la historia de la camiseta celeste y blanca.
Antes de la gloria con la mayor, ya había señales. En 2005 fue campeón mundial Sub-20 y figura del torneo. En 2008 ganó el oro olímpico en Pekín. Eran títulos enormes, pero todavía faltaba lo más difícil: reconciliar su genio con una Selección mayor que durante años pareció negarle la felicidad.
Las finales perdidas y el peso de la comparación
Durante mucho tiempo, Messi cargó con una vara cruel. No alcanzaba con jugar bien. No alcanzaba con aparecer. No alcanzaba con llevar a Argentina a instancias decisivas. Se le pedía ganar, liderar, emocionar, sufrir, hablar, gritar, parecerse a lo que cada argentino imaginaba que debía ser un capitán.
El Mundial 2014 lo tuvo como figura de una Selección que llegó hasta la final en Brasil y perdió ante Alemania en el Maracaná. Después vinieron las finales de Copa América 2015 y 2016, ambas frente a Chile, ambas decididas por penales, ambas heridas abiertas.
La renuncia de 2016 fue uno de los momentos más duros de su historia con la camiseta nacional. “Se terminó para mí”, dijo entonces, agotado por una frustración que parecía no tener salida. Pero volvió. Y ese regreso, con el tiempo, se volvió tan importante como cualquiera de sus títulos.
Porque Messi no solo ganó cuando levantó copas. También ganó cuando decidió seguir.
La redención: Maracaná, Wembley y Qatar
La historia cambió en 2021. En el Maracaná, ante Brasil, Argentina ganó la Copa América y Messi levantó por fin su primer gran título con la Selección mayor. Aquella noche no fue solo una consagración deportiva. Fue una liberación colectiva.
El país vio llorar a Messi, vio a sus compañeros abrazarlo, vio a Neymar saludarlo, vio a un capitán al que la alegría le había llegado después de años de frustración. Ese título abrió una puerta emocional que ya no se cerró.
Después llegó la Finalissima 2022, en Wembley, ante Italia. Y luego, la Copa del Mundo de Qatar 2022, el punto más alto de su carrera con Argentina. Messi no solo fue campeón del mundo: fue líder, figura, bandera y corazón de un equipo que jugó para él, con él y alrededor de él.
Qatar terminó de ordenar la discusión que durante años pareció imposible. Messi ya no tenía que demostrar nada. Había ganado la Copa que le faltaba. Había llevado a Argentina a la tercera estrella. Había cerrado la comparación más pesada con Diego Maradona desde un lugar propio, sin imitarlo, sin reemplazarlo, sin necesitar ser otro.
El legado de un capitán distinto
Messi no fue un líder de frases ruidosas ni de gestos teatrales. Su liderazgo fue otro: constancia, ejemplo, fútbol, pertenencia, exigencia silenciosa y una manera de competir que se volvió contagiosa.
Con el tiempo, la Selección dejó de ser un equipo que esperaba que Messi resolviera todo y pasó a ser un grupo que lo protegía, lo acompañaba y también jugaba para hacerlo feliz. Ese cambio fue decisivo.
La Scaloneta no solo le dio a Messi el contexto que necesitaba. También permitió que Messi mostrara una versión más completa de sí mismo: capitán cercano, compañero generoso, referente emocional, jugador capaz de disfrutar con la camiseta que durante años le había pesado como una mochila.
En ese proceso, Messi también educó al hincha argentino. Enseñó que no siempre se gana rápido. Que el talento no alcanza si no hay equipo. Que el amor por una camiseta no se mide por gritar más fuerte. Que también hay épica en insistir.
El jugador de todos los récords
Messi se va de la Selección como el futbolista con más partidos y más goles en la historia argentina. Sus 207 presencias, 125 goles y 68 asistencias resumen una carrera internacional de 21 años, con participación en seis Mundiales y una presencia constante en la elite del fútbol mundial.
Fue campeón mundial en 2022, campeón de América en 2021 y 2024, ganador de la Finalissima 2022, campeón mundial Sub-20 en 2005 y medalla de oro olímpica en 2008.
También fue el jugador que convirtió al Monumental en una de sus casas. Allí vivió noches decisivas, ovaciones eternas y actuaciones memorables. Según registros citados en la previa de su despedida, marcó 19 goles en 28 partidos en ese estadio, más que en cualquier otro escenario argentino.
Pero sus récords más importantes no están todos en las planillas. Messi hizo que millones de chicos argentinos crecieran creyendo que la zurda también podía ser una forma de patria. Hizo que abuelos, padres e hijos compartieran una misma emoción frente al televisor. Hizo que un país golpeado por crisis permanentes encontrara, aunque fuera por noventa minutos, una razón para abrazarse.
Córdoba también lo despide
Para Córdoba, Messi no es una figura lejana. La provincia fue parte de su recorrido con la Selección y lo recibió más de una vez con el fervor de una tierra profundamente futbolera. Cada visita de la Argentina al Kempes fue una demostración de lo que genera su presencia: tribunas llenas, camisetas celestes y blancas, familias enteras y chicos que fueron a ver de cerca al jugador que parecía de otro planeta.
En Córdoba, como en Rosario, Buenos Aires, Jujuy, Mendoza o cualquier rincón del país, Messi dejó una marca generacional. Muchos chicos no vieron a Maradona en vivo. Muchos no recuerdan a Batistuta, Ortega, Crespo, Riquelme o Aimar en plenitud. Para ellos, la Selección fue Messi. Su manera de entender la camiseta argentina nació con el 10.
Y esa herencia no se borra con una despedida.
El adiós que nadie quería, pero que todos entienden
Messi tiene 39 años. Su despedida llega después de una carrera que pareció desafiar el tiempo. Incluso cuando ya no era el chico imparable de Barcelona, siguió encontrando formas de ser decisivo. Cambió velocidad por lectura. Desborde por pausa. Explosión por sabiduría.
El partido ante Benín no será una noche cualquiera. Será la última imagen de Messi con la camiseta argentina. La última entrada en calor. El último himno. El último saludo al público. La última vez que el país espere que la pelota le caiga a él para que algo distinto pueda pasar.
La AFA preparó un homenaje especial y un Fan Fest denominado “Gracias, Leo”, con actividades para los hinchas y una transmisión pública para acompañar la despedida. El Monumental, con más de 85 mil personas, será el escenario de una noche que tendrá más de ceremonia que de amistoso.
Lo que queda después de Messi
La pregunta inevitable será qué viene después. Quién usará la 10. Quién tomará la pelota en los momentos difíciles. Quién será el nuevo faro emocional de la Selección.
Pero tal vez la respuesta no sea buscar otro Messi. No lo habrá.
El verdadero legado del capitán es haber dejado algo más grande que su talento: una Selección que volvió a creer en sí misma, una generación de futbolistas que aprendió a competir sin miedo y un país que pudo reconciliarse con su máximo ídolo contemporáneo.
Messi deja títulos, récords y goles. Pero también deja una manera de pertenecer. Una forma de representar a la Argentina sin sobreactuarla. Una idea de grandeza construida con paciencia, golpes, retornos y gloria.
Gracias, Leo
Durante años, la Argentina le pidió a Messi que fuera todo: genio, salvador, capitán, bandera, héroe, Maradona, Messi y algo más. Le pidió que ganara, que explicara, que emocionara, que cargara con frustraciones ajenas y que hiciera feliz a un país entero.
Al final, lo hizo.
Lo hizo a su manera. Sin perder su esencia. Sin transformarse en el personaje que otros querían. Sin dejar de ser ese chico rosarino que parecía jugar siempre con una pelota invisible pegada al pie.
Messi se despide de la Selección, pero no se va del todo. Queda en los goles gritados, en las camisetas con el 10, en los murales, en las lágrimas de Qatar, en el abrazo con Di María, en el “qué mirás, bobo”, en el penal contra Países Bajos, en la caminata antes de patear, en la copa levantada, en cada chico que intenta copiar una gambeta imposible.
Hay futbolistas que ganan partidos. Hay otros que ganan títulos.
Messi ganó algo más difícil: el derecho a ser parte de la memoria emocional de un país.
Gracias, Leo. Por insistir. Por volver. Por ganar. Por hacernos creer.
