Lionel Messi, 39 años y una última cita con la eternidad: el hombre que convirtió al fútbol en memoria

El capitán argentino disputará ante España una nueva final de la Copa del Mundo. Superó los 900 goles profesionales, juega su sexto Mundial y sigue quebrando récords cuando su carrera parecía haber alcanzado todos los límites posibles. Pero su mayor conquista no está solamente en las estadísticas: Messi consiguió que varias generaciones de argentinos puedan contar su vida a través de sus goles.

Hay futbolistas que ganan partidos. Hay otros que cambian equipos, campeonatos o épocas. Y después está Lionel Messi, que modificó para siempre la manera en que millones de personas se relacionan con una pelota.

A los 39 años, cuando el almanaque debería obligarlo a mirar el fútbol desde la distancia, Messi continúa en el centro exacto de la escena. No como una figura decorativa, no como el invitado ilustre de una selección que aprendió a caminar sin él, sino como el conductor deportivo y emocional de una Argentina que volvió a instalarse en una final del mundo.

El domingo, frente a España, la Selección buscará revalidar el título conquistado en Qatar. Para Messi será otra oportunidad de llevar lo extraordinario un poco más lejos. Llegará al partido decisivo del Mundial 2026 con ocho goles en el torneo, igualado en la cima de la tabla de artilleros, y habiendo participado con un gol o una asistencia en cada encuentro que disputó. Argentina, además, jugará su segunda final mundialista consecutiva.

Pero reducir su historia al resultado del domingo sería cometer una injusticia.

Messi ya no necesita ganar nada. Ni una copa, ni un premio, ni una discusión. Todo lo que ocurra a partir de ahora pertenece a una categoría diferente: la del regalo, la prórroga de una obra que parecía terminada y que, sin embargo, continúa produciendo capítulos inolvidables.

El chico que parecía demasiado pequeño

Antes del campeón mundial, del capitán y del hombre que levanta estadios con apenas acomodarse la pelota sobre la zurda, existió un chico rosarino que cruzó el Atlántico a los 13 años.

Barcelona apostó por aquel adolescente de baja estatura y talento gigantesco. El 16 de octubre de 2004, con 17 años, Messi disputó su primer partido oficial con el equipo catalán. Fue el comienzo de una relación que transformaría al club y al propio fútbol europeo.

Durante 17 temporadas jugó 778 partidos, marcó 672 goles, entregó 305 asistencias y conquistó 35 títulos con el Barcelona. Se convirtió en el máximo goleador, el futbolista con más presencias, el máximo asistidor y el jugador más ganador de la historia de la institución.

No heredó una época: la construyó.

Con Messi como emblema, el Barcelona produjo algunos de los equipos más admirados de todos los tiempos. Ganó diez Ligas de España, siete Copas del Rey y cuatro Champions League. Su asociación con Xavi Hernández y Andrés Iniesta elevó la posesión de pelota a una forma de arte, aunque su grandeza nunca dependió de un único sistema.

Messi podía organizar como mediocampista, asistir como enganche y definir como delantero. Podía recibir lejos del arco, eliminar rivales en pocos metros y resolver la jugada antes de que los defensores comprendieran qué estaba sucediendo.

En la Champions convirtió 120 goles con la camiseta del Barcelona, la mayor cantidad alcanzada por un jugador para un mismo club en la competición. En 2012 anotó 91 tantos durante el año calendario, una cifra que todavía parece producto de un error estadístico.

Su dominio individual quedó expresado en ocho Balones de Oro y seis Botas de Oro europeas. Ningún futbolista obtuvo tantas veces el premio que distingue al mejor jugador del mundo.

La camiseta que durante años pesó demasiado

La historia de Messi con la Selección no fue una marcha triunfal. Por eso su recorrido emociona tanto.

Durante años tuvo que convivir con una exigencia que no recaía sobre ningún otro futbolista argentino. Se le pedía que jugara como en Barcelona, que hablara como Diego Maradona, que ganara sin importar el contexto y que expresara su amor por la camiseta de la manera en que otros esperaban.

Fue finalista del Mundial de Brasil 2014 y elegido mejor jugador del torneo. También perdió tres finales de Copa América. Cada derrota alimentó una discusión cada vez más cruel: para algunos, todo lo realizado en Europa sería insuficiente mientras no levantara un título con la Selección mayor.

El dolor llegó a tal extremo que, luego de la Copa América Centenario de 2016, anunció su renuncia al equipo nacional. Aquella decisión duró poco, pero reveló el desgaste de un jugador que llevaba sobre sus hombros las frustraciones de todo un país.

Messi volvió. Y no regresó para buscar una revancha personal, sino porque nunca había dejado de querer esa camiseta.

Con Lionel Scaloni como entrenador, la Selección dejó de esperar que Messi resolviera todo en soledad. Se construyó un equipo que lo acompañó, lo protegió y comprendió cómo potenciarlo. El capitán, a su vez, se transformó. Se volvió más expresivo, más cercano y más visible como líder.

La Copa América 2021, conquistada ante Brasil en el Maracaná, rompió el hechizo. Después llegaron la Finalissima de 2022, el Mundial de Qatar y una nueva Copa América en 2024.

La deuda que tantas veces le habían inventado quedó enterrada bajo una montaña de abrazos.

Qatar y la imagen que quedará para siempre

El 18 de diciembre de 2022, Messi levantó la Copa del Mundo en Lusail.

No fue solamente la consagración de un futbolista. Fue un acontecimiento colectivo. La escena recorrió el planeta y cerró una de las historias más intensas del deporte argentino: la del chico al que acusaban de no sentir la camiseta convertido en el capitán que conducía al país hacia su tercera estrella.

Messi marcó siete goles en aquel Mundial y fue decisivo durante toda la fase eliminatoria. Convirtió en octavos, cuartos, semifinales y en dos oportunidades durante la final ante Francia. También anotó en la definición por penales.

Fue elegido mejor jugador del Mundial por segunda vez, después de haber recibido el mismo reconocimiento en Brasil 2014. Es el único futbolista que obtuvo dos Balones de Oro mundialistas.

Qatar podría haber sido el final perfecto.

La última imagen podía ser Messi besando la Copa, envuelto en una túnica negra, rodeado por sus compañeros. Ningún guionista habría imaginado un cierre superior.

Pero Messi siguió jugando.

Miami: competir cuando ya no quedaba nada que demostrar

Su llegada al Inter Miami en 2023 fue interpretada inicialmente como el inicio de una despedida tranquila. Sin embargo, incluso lejos de Europa, Messi conservó la necesidad de competir.

Ganó la Leagues Cup en 2023, el Supporters’ Shield en 2024 y la MLS en 2025. En marzo de 2026 alcanzó los 900 goles oficiales como profesional, otra frontera estadística superada por un jugador que llevaba dos décadas persiguiendo objetivos aparentemente imposibles.

Estados Unidos tampoco fue únicamente un destino final. Fue el laboratorio de una nueva versión de Messi.

La explosión juvenil disminuyó, como necesariamente debía ocurrir. Ya no intenta resolver cada ataque recorriendo 40 metros ni participa de todas las presiones. Su fútbol se volvió selectivo. Administra los esfuerzos, estudia el movimiento de sus compañeros, camina mientras observa y aparece cuando la jugada exige precisión.

No corre más que antes. Corre mejor.

El milagro atlético de los 39 años

Hablar del estado físico de Messi requiere evitar una confusión frecuente: la vigencia atlética no consiste solamente en alcanzar una determinada velocidad o acumular kilómetros.

A los 39 años, Messi ha aprendido a proteger su cuerpo sin desconectarse del partido. Elige cuándo acelerar, cuándo recibir y qué espacios ocupar. Su ventaja ya no surge exclusivamente de la reacción muscular, sino de una lectura que le permite comenzar cada acción antes que los demás.

El Mundial 2026 demostró que no llegó para realizar una vuelta ceremonial. Sigue siendo el eje ofensivo de la Argentina, el jugador que concentra defensores, crea espacios y cambia el sentido de una posesión con un control orientado o un pase que atraviesa líneas.

Durante el torneo cumplió 39 años y, aun encontrándose muy lejos de la edad considerada ideal para un futbolista de élite, mantuvo una participación decisiva en cada encuentro. Su rendimiento combinó producción goleadora, capacidad de asistencia y una influencia táctica que no siempre aparece en las planillas.

La Selección también aprendió a utilizar esa versión.

Los mediocampistas asumen mayores recorridos, los laterales aportan profundidad y los delanteros atacan los espacios que se generan cuando varios rivales se acercan al número diez. Messi puede permanecer durante algunos segundos aparentemente apartado de la jugada. El problema para el adversario es que, en realidad, está procesándolo todo.

Foto por Martín Pepa

Su economía física es inteligencia aplicada al movimiento.

No lucha contra la edad fingiendo que tiene 25 años. La acepta, la administra y la convierte en una nueva herramienta.

Los números de una carrera irrepetible

Messi llegó al Mundial 2026 habiendo alcanzado los 200 partidos y los 120 goles con la Selección argentina. Aquella cifra lo confirmó como el jugador con más presencias y el máximo goleador histórico del equipo nacional, además de ser el máximo artillero entre las selecciones sudamericanas.

Su sexta participación mundialista volvió a desplazar los límites:

  • 33 partidos en Copas del Mundo, más que cualquier otro futbolista.
  • 21 goles mundialistas, récord histórico de la competición.
  • 12 asistencias, otra marca máxima.
  • Nueve partidos mundialistas consecutivos convirtiendo.
  • Once encuentros consecutivos participando directamente en al menos un gol.
  • Seis Mundiales disputados: Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y Estados Unidos, México y Canadá 2026.
  • Dos veces elegido mejor jugador de una Copa del Mundo.
  • Ocho Balones de Oro.
  • Más de 900 goles oficiales como profesional.

Las cifras podrían continuar durante páginas. Máximo goleador histórico del Barcelona, de la Liga española y de la Selección argentina. Récord de 50 tantos en una temporada de LaLiga. Récord de goles para un mismo club. Récord de 91 conquistas en un año calendario.

Sin embargo, los números siguen siendo apenas la forma más sencilla de describir algo mucho más grande.

El futbolista que aprendimos a querer

Durante una parte de su carrera, los argentinos discutieron a Messi. Se debatió su personalidad, su forma de cantar el himno, su residencia en Europa y hasta la intensidad de sus festejos.

Con el tiempo comprendimos que no necesitaba parecerse a nadie.

No tenía que ser Maradona. No tenía que gritar permanentemente ni convertir cada sentimiento en una declaración pública. Su manera de representar a la Argentina estaba en regresar después de cada derrota, aceptar cada convocatoria y volver a intentarlo cuando ya había recibido todos los golpes posibles.

Messi terminó siendo querido no sólo porque ganó, sino porque permaneció.

Los chicos que lo miraban en Barcelona se convirtieron en adultos. Algunos tuvieron hijos que también crecieron viéndolo jugar. Su carrera atravesó televisores de tubo, transmisiones en alta definición, redes sociales y plataformas digitales. Cambiaron los formatos, los entrenadores, los compañeros y los rivales. Messi continuó allí.

Por eso cada partido actual contiene una emoción extra. Todos sabemos que estamos más cerca del final, aunque nadie quiera pronunciarlo.

Cada tiro libre puede ser el último en un Mundial. Cada ingreso al campo puede convertirse en una despedida. Cada festejo, con los dedos apuntando al cielo, puede ser una imagen definitiva.

Una última final, otra oportunidad para desafiar al tiempo

Argentina enfrentará a España en una final cargada de simbolismo. De un lado estará una selección joven, dinámica y asociada al futuro. Del otro, el campeón defensor, guiado por un futbolista de 39 años que se resiste a abandonar el centro del escenario.

Messi podría conquistar su segundo Mundial consecutivo. También podría perder.

Ninguno de los dos resultados modificará lo esencial.

La grandeza no depende del último partido porque fue construida durante más de veinte años. Está en el gol a México de 2006, en aquella corrida imposible frente al Getafe, en las cuatro Champions, en las finales perdidas, en el regreso a la Selección, en el Maracaná, en Lusail y en cada chico que intentó llevar la pelota pegada al pie izquierdo después de verlo jugar.

El domingo quizá lo observemos por última vez en una final mundialista.

Conviene no mirar el teléfono. Conviene registrar la caminata antes del comienzo, la manera en que acomoda la cinta de capitán y ese instante en el que levanta la cabeza para observar un espacio que todavía nadie más vio.

Porque llegará un día en que Messi dejará de jugar. Y cuando eso ocurra, comprenderemos que no estuvimos siguiendo solamente la carrera del mejor futbolista de su generación.

Estuvimos presenciando una de las historias más extraordinarias que produjo el deporte.

A los 39 años, Lionel Messi todavía corre detrás de una pelota y mientras esa pelota permanezca cerca de su zurda, la eternidad tendrá que esperar.

Mariano Pepa

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Mariano Pepa
Etiquetas: Messi