Mientras la ciudad intenta vender “verano pleno”, barrios enteros, comercios y alojamientos volvieron a quedar a merced de un sistema frágil. La Municipalidad de Villa Carlos Paz pide “uso responsable” y “paciencia”. Pero el problema ya no es la lluvia: es la falta de previsión.
Villa Carlos Paz atraviesa otra vez una postal inadmisible para cualquier destino turístico que se precie: cortes y restricciones severas del servicio de agua potable en plena temporada alta, con baja presión, turbiedad y zonas directamente sin suministro desde el jueves. El propio municipio reconoció que la crecida del río San Antonio arrastró una “histórica” carga de sedimentos y residuos que complicó la captación en la Planta Potabilizadora de Cuesta Blanca, principal fuente para la ciudad y localidades aledañas.
Hasta ahí, el disparador: clima, creciente, barro. El problema real aparece cuando uno escucha el resto del mensaje oficial: “cuiden las reservas”, “usen racionalmente”, “la recuperación será progresiva”, “paciencia”.
Porque en Carlos Paz no estamos ante un imprevisto imposible de anticipar, sino ante un sistema que se traba cada vez que la naturaleza hace lo que hace siempre en las sierras: crecer, arrastrar sedimentos, forzar tomas, tensar redes.
La pregunta incómoda: ¿cómo puede fallar “la principal fuente” cada vez que hay una creciente de magnitud?
Se informó que el jueves pasado con las intensas lluvias en la cuenca del Río San Antonio vino una creciente de “alrededor de cuatro metros”, generando dificultades en la prestación, restricciones en el radio servido y turbiedad.
El punto que más irrita a vecinos y turistas: impacto directo en complejos turísticos, comercios y gastronomía, con el riesgo de atravesar un fin de semana clave con el servicio condicionado.
En otras palabras: Carlos Paz depende de un cuello de botella. Si esa captación se obstruye, la ciudad queda expuesta. Y no se trata de una hipótesis: pasó.
Del traspaso a la “gestión municipal”: promesas, años y el mismo resultado
En 2021, tras la disputa histórica con la Cooperativa Integral (COOPI), el municipio avanzó con el traspaso y anunció que reasumía el servicio, con promesas de mejora y administración directa.
Desde entonces pasaron casi cinco años. Tiempo suficiente para ordenar el sistema, sumar redundancias, profesionalizar protocolos de contingencia y —sobre todo— dejar de depender de la improvisación estacional.
Sin embargo, ante una situación crítica en enero de 2026, la respuesta volvió a ser la misma receta de siempre: comunicado urgente y manual de supervivencia domiciliaria.
Eso no es gestión: es mala administración y previsión deficiente.
Y acá entra el señalamiento político que la ciudad ya comenta en voz alta: la responsabilidad final no es de la lluvia, ni del río, ni del turista que abre la canilla. Es de la conducción municipal. En concreto, del intendente Esteban Avilés, reelecto en 2023 para otro mandato.
Obras que llegan tarde y el reconocimiento implícito del problema
En 2025 se anunció y ejecutó una obra clave: reemplazo del tramo principal del acueducto bajo Av. Cárcano, con una inversión informada de $6.265 millones y un alcance estimado de 70.000 habitantes (zonas centro y este).
El propio municipio, al hablar de estas obras, volvió a señalar décadas de deterioro previo y la necesidad de reforzar el servicio.
Pero si la obra era tan imprescindible, la pregunta es inevitable: ¿por qué se llegó a 2025/2026 con una ciudad que sigue colapsando cuando hay creciente?
Una obra vial-hídrica importante no borra el hecho central: la crisis estalla hoy, cuando el usuario común (residente o turista) necesita lo básico.
Turistas y vecinos: la indignación no es “histeria”, es cansancio
La Jornada describió un “malestar social en aumento” y fue más lejos: los mensajes oficiales pidiendo “paciencia” alimentaron críticas por falta de previsión y capacidad de resolución.
Además, marcó una frase demoledora: estos episodios climáticos “lejos de ser excepcionales, se reiteran cada temporada”.
El enojo es lógico: un turista puede tolerar una tarde de lluvia; lo que no tolera es pagar alojamiento, teatro, restaurante y vacaciones para terminar sin agua, comprando bidones, esperando camiones o rezando por presión en la ducha. Un vecino, directamente, siente que vive en una ruleta rusa hídrica: cuando más demanda hay, menos certeza existe.
Lo que la gestión Avilés debería explicar (con datos, no con slogans)
Si el municipio quiere recuperar credibilidad, no alcanza con pedir “uso responsable”. Tiene que poner arriba de la mesa, en blanco sobre negro:
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Un informe técnico público del evento: qué falló exactamente (captación, bombeo, tratamiento, red), cuánto tiempo estuvo fuera de servicio y qué medidas permanentes se tomarán.
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Plan de contingencia real para temporada alta (no recomendaciones): reservas, sectorización, abastecimiento alternativo, protocolos para hoteles y gastronómicos.
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Cronograma verificable de inversiones y mantenimiento, con metas y auditoría externa.
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Redundancia: si “la principal fuente” se obstruye, la ciudad no puede quedar a oscuras hidráulicamente.
Porque el fondo del asunto no es técnico: es político. Carlos Paz no está discutiendo si llovió mucho. Está discutiendo por qué, año tras año, el sistema no está preparado. Y eso, con el servicio municipalizado y años de control directo, ya no admite excusas en cadena.
