Milei mira a 2027: pactos con gobernadores, armado propio y guiños al núcleo libertario

La Casa Rosada combina negociaciones reservadas con mandatarios provinciales para sostener la gobernabilidad y una estrategia de identidad ideológica para ordenar a la tropa libertaria. Karina Milei, los Menem y Santiago Caputo vuelven a aparecer en el centro del tablero.

El Gobierno de Javier Milei empezó a mover sus piezas con la mirada puesta en 2027. La estrategia combina dos caminos simultáneos: acuerdos políticos discretos con gobernadores dialoguistas para garantizar respaldo legislativo y una agenda simbólica destinada a mantener motivada a la base libertaria más dura.

En la Casa Rosada entienden que la segunda mitad del mandato exigirá algo más que discurso económico. Para aprobar reformas, sostener la gobernabilidad y llegar competitivo a la próxima elección presidencial, el oficialismo necesita ordenar el Congreso, ampliar presencia territorial y evitar que las internas de La Libertad Avanza terminen debilitando la autoridad presidencial.

Según publicó Nexofin, Balcarce 50 mantiene conversaciones reservadas con distintos mandatarios provinciales para asegurar apoyo en proyectos clave. Entre los gobernadores con contacto permanente aparecen Raúl Jalil, de Catamarca; Osvaldo Jaldo, de Tucumán; y Gustavo Sáenz, de Salta. La lógica del Gobierno es clara: competir con sello propio donde pueda, pero evitar choques innecesarios con administraciones provinciales que resultan decisivas para el funcionamiento parlamentario.

La táctica no implica necesariamente construir alianzas electorales formales en todos los distritos. Milei y su mesa política buscan sostener canales de cooperación con gobernadores que pueden acompañar leyes, facilitar acuerdos o, al menos, no bloquear la agenda oficial. Es una forma de pragmatismo político que convive con el discurso confrontativo del Presidente.

Ese equilibrio será clave para iniciativas como el Súper RIGI, la reforma electoral y las modificaciones al régimen de PASO. El Ejecutivo sabe que no cuenta con mayoría propia y que cada avance legislativo dependerá de negociaciones puntuales. En ese esquema, los gobernadores vuelven a tener peso: pueden ordenar bloques, condicionar votos y pedir obras, fondos o gestos políticos a cambio de acompañamiento.

Al mismo tiempo, el Gobierno intenta fortalecer la estructura nacional de La Libertad Avanza. La conducción electoral sigue bajo la órbita de Karina Milei, junto a Martín Menem y Eduardo “Lule” Menem, con el objetivo de construir un partido más homogéneo, disciplinado y competitivo en todo el país.

La prioridad de la mesa chica es que Milei no dependa en 2027 de sellos prestados ni de acuerdos territoriales improvisados. El oficialismo quiere aumentar su representación legislativa nacional y provincial, consolidar liderazgos propios y evitar que las alianzas con dirigentes externos terminen condicionando el rumbo del Gobierno.

Pero ese armado también genera tensiones internas. La disputa por el control territorial y las candidaturas expone diferencias entre el sector más alineado con los hermanos Milei y los Menem, y los dirigentes vinculados al asesor presidencial Santiago Caputo. La pelea no siempre aparece de manera explícita, pero atraviesa decisiones sobre nombres, estrategias provinciales y vínculos con sectores aliados.

En ese contexto, la figura de Patricia Bullrich sigue siendo observada con atención. La exministra de Seguridad, hoy senadora y jefa del bloque libertario en la Cámara alta, conserva peso propio y ya mostró que no está dispuesta a obedecer sin matices todas las decisiones de la Casa Rosada. Su diferencia pública por el pliego judicial de Verónica Michelli dejó una señal incómoda para Karina Milei y los Menem.

Pese a esa tensión, el Gobierno todavía evalúa darle a Bullrich un rol electoral relevante, especialmente en la Ciudad de Buenos Aires. La lógica es simple: Bullrich tiene volumen político, conserva llegada a votantes del PRO y puede aportar una marca de orden y seguridad que sigue siendo valiosa para el oficialismo. El problema es cómo integrarla sin que su autonomía choque con la disciplina que pretende imponer la mesa chica libertaria.

Mientras negocia con gobernadores y ordena candidaturas, Milei también busca reforzar el costado ideológico del proyecto. En esa línea se inscribe la posible participación del Presidente en una actividad con David Friedman, economista estadounidense e hijo de Milton Friedman, una de las grandes referencias intelectuales del liberalismo admiradas por el mandatario argentino. El encuentro es organizado por la Fundación Faro, el think tank encabezado por Agustín Laje, que se transformó en una usina de ideas cercana al oficialismo.

La visita de Friedman funciona como un guiño al núcleo libertario más doctrinario. Milei necesita mostrar que, aun cuando negocia con gobernadores peronistas o dialoguistas, el corazón ideológico del Gobierno sigue intacto. Esa doble señal es parte de la estrategia: pragmatismo para gobernar, épica liberal para contener a la base.

La Fundación Faro, sin embargo, también quedó en el centro de una polémica luego de que la Inspección General de Justicia pidiera información sobre sus movimientos contables y financiamiento. Dentro del oficialismo interpretan ese episodio como parte de las tensiones políticas que atraviesan al espacio y como una señal de que la batalla cultural también tiene derivaciones institucionales.

La hoja de ruta oficial muestra una transformación del mileísmo. El movimiento que llegó al poder con lógica de outsider empieza a actuar como una fuerza que necesita territorio, bloques legislativos, gobernadores aliados, fundaciones, equipos técnicos y candidatos competitivos. En otras palabras: Milei ya no solo necesita ganar discusiones públicas; necesita construir poder permanente.

Ese proceso obliga al Presidente a convivir con contradicciones. Negocia con gobernadores a los que antes criticaba, depende de legisladores que no son propios, necesita contener a dirigentes con autonomía y, al mismo tiempo, intenta sostener un discurso de ruptura contra la “casta”. La pregunta es si podrá administrar esa tensión sin perder identidad ni eficacia.

Para la oposición, la estrategia también tiene riesgos. Si Milei logra estabilizar la economía, bajar la inflación y ampliar representación parlamentaria, llegará a 2027 con una estructura más fuerte que la de 2023. Pero si las reformas se traban, las internas escalan o el ajuste no se traduce en mejora real para la sociedad, el armado territorial puede convertirse en un campo de disputa permanente.

Por ahora, la Casa Rosada parece decidida a jugar en todos los frentes. Pacta con gobernadores, ordena el partido, disciplina al Congreso, contiene a la tropa libertaria y busca proyectar una imagen de poder en construcción.

La estrategia hacia 2027 ya empezó. Y muestra a un Milei menos improvisado en lo político, más atento al armado territorial y dispuesto a combinar negociación reservada con señales ideológicas fuertes. El desafío será sostener ese equilibrio en un oficialismo que todavía está aprendiendo a gobernar mientras construye su propia maquinaria electoral.

Redaccion Córdoba Times

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