Un sondeo de QSocial Big Data registró que el 59% considera que el país está peor que cuando asumió Javier Milei. La falta de capacidad de ahorro, el ajuste en consumos cotidianos y la caída de expectativas vuelven a poner al bolsillo en el centro de la agenda política.
Dato clave
El humor económico de los argentinos vuelve a mostrar señales de deterioro. Según una nueva encuesta de QSocial Big Data, el 59% de los consultados considera que el país está peor que cuando Javier Milei llegó a la Casa Rosada, mientras que el 75% afirma que tuvo que recortar gastos para llegar a fin de mes.
El dato es relevante porque toca el corazón del vínculo entre la economía macro y la vida cotidiana. El Gobierno suele destacar la baja de la inflación, el superávit fiscal y la normalización de algunas variables financieras. Sin embargo, para buena parte de la sociedad, la pregunta central sigue siendo más simple: cuánto alcanza el sueldo, qué consumos se postergan y si queda algún margen de ahorro después de pagar alimentos, servicios, alquiler, transporte, salud y deudas.
El estudio registró que el 55% evalúa de manera negativa la situación actual, seis puntos por encima de la medición anterior. Además, el 60% de los consultados aseguró que no tiene capacidad de ahorro, una señal que expone la fragilidad de los hogares frente a gastos imprevistos o nuevos aumentos.
La encuesta también mostró que el 59% cree que la Argentina está peor que al inicio de la gestión libertaria. Según la medición, se trata del porcentaje más alto registrado hasta ahora por ese relevamiento.
Más allá del número puntual, la tendencia marca un problema político para el oficialismo: una parte importante de la sociedad puede reconocer avances en la baja de la inflación, pero al mismo tiempo sentir que su situación personal no mejoró o incluso empeoró.
El dato del 75% que tuvo que recortar gastos es probablemente el más sensible de la encuesta. Porque no habla de una percepción abstracta sobre la economía, sino de decisiones concretas dentro del hogar: comprar menos, cambiar marcas, suspender salidas, reducir indumentaria, postergar arreglos, limitar vacaciones, achicar gastos médicos no urgentes o financiar consumos con tarjeta.
En los últimos meses, distintos relevamientos vienen mostrando una preocupación creciente por salarios, empleo y poder adquisitivo. El País citó mediciones de la Universidad de San Andrés y de la Facultad de Psicología de la UBA que reflejan altos niveles de insatisfacción con la marcha general del país y una evaluación negativa de la situación económica nacional.
Ese clima explica por qué el discurso macroeconómico no siempre se traduce en alivio social. La desaceleración de precios puede ordenar expectativas, pero si los ingresos no recuperan poder de compra, la sensación dominante sigue siendo de ajuste.
Aunque la encuesta es nacional, el resultado tiene lectura directa para Córdoba. La provincia fue uno de los territorios donde Milei obtuvo un respaldo electoral decisivo, especialmente en el balotaje de 2023. Pero el voto de apoyo no inmuniza al oficialismo frente al malestar económico.
En Córdoba, el impacto del ajuste se mide en comercios con menos ventas, familias que recortan servicios, profesionales que postergan consumos, pymes que miran costos y hogares que reorganizan su presupuesto todos los meses. La clase media cordobesa, históricamente sensible a la inflación y a la presión impositiva, también empieza a medir el rumbo económico por una pregunta concreta: si después del ordenamiento macro queda plata en el bolsillo.
Un antecedente provincial refuerza esa lectura. Un análisis publicado por Cba24n citó mediciones que mostraban que cerca del 59% de los cordobeses percibía un deterioro de su situación económica en el último año, mientras apenas una minoría veía una mejora.
Para el Gobierno, el problema no es solamente económico. Es también narrativo. Milei necesita que la sociedad conecte el sacrificio actual con una mejora futura. Pero cuando el recorte de gastos se prolonga, la paciencia social empieza a depender cada vez más de resultados visibles.
El oficialismo sostiene que el orden fiscal, la baja de la inflación y la estabilidad son condiciones necesarias para una recuperación más sólida. Ese argumento conserva peso entre votantes que priorizan terminar con años de desorden económico. Sin embargo, las encuestas muestran que el Gobierno enfrenta una frontera delicada: si la mejora tarda demasiado en llegar al bolsillo, el costo político puede crecer.
La encuesta de QSocial Big Data no debe leerse como una sentencia electoral, pero sí como una advertencia. El humor social puede cambiar si los salarios mejoran, el crédito se recupera y el consumo vuelve a moverse. Pero hoy el dato dominante es otro: tres de cada cuatro argentinos dicen haber recortado gastos.
La caída del consumo se convirtió en una de las señales más visibles del momento económico. En comercios, supermercados, shoppings, restaurantes y servicios, el comportamiento de los consumidores muestra más comparación de precios, compras más chicas y decisiones postergadas.
Esa conducta no siempre aparece como una crisis abierta. Muchas veces se expresa en ajustes silenciosos: dejar una actividad, bajar el plan del celular, comprar segundas marcas, reducir salidas, suspender arreglos del auto, achicar regalos o usar ahorros para cubrir gastos corrientes.
El problema es que ese recorte privado también impacta sobre la economía general. Si las familias consumen menos, venden menos los comercios. Si venden menos los comercios, se reduce la actividad. Y si la actividad se enfría, también se complica la recuperación del empleo y de los ingresos.
La tensión central de esta etapa es esa: el Gobierno muestra indicadores macroeconómicos que considera positivos, pero muchos hogares siguen sintiendo que la mejora no llegó a su vida cotidiana.
En términos políticos, Milei necesita transformar estabilidad en bienestar. La baja de inflación puede ser una condición necesaria, pero no alcanza por sí sola si el salario real, el empleo, el crédito y el consumo no acompañan.
La encuesta pone en números una sensación que se escucha en la calle: el ajuste se volvió parte de la organización familiar. Y cuando el ajuste deja de ser excepcional para convertirse en rutina, el humor social cambia.
Los próximos meses serán clave para medir si el Gobierno logra revertir esa percepción. Hay tres variables centrales: recuperación salarial, recomposición del consumo y capacidad de ahorro.
Si los ingresos empiezan a ganarle a los precios y el crédito vuelve a funcionar sin sobreendeudar a las familias, el malestar puede moderarse. Si, en cambio, el orden macro convive con bolsillos cada vez más ajustados, el oficialismo enfrentará una discusión mucho más difícil de cara al próximo calendario electoral.
El dato de QSocial Big Data no marca solo una foto de opinión pública. Muestra una economía familiar bajo presión. Y en la Argentina, cuando el bolsillo se vuelve el tema dominante, toda la política empieza a girar alrededor de esa preocupación.