En un giro sustancial hacia posiciones derechistas, el presidente de Francia Emmanuel Macron formó un nuevo gobierno apoyado por el partido centroderechista Les Republicains y la ultraderecha de Marine Le Pen, tras la crisis política generada por las últimas elecciones legislativas de julio y la falta de acuerdo entre el jefe de estado y la izquierda, que salió primera en esos comicios, para formar una nueva gestión. El nuevo gabinete está hegemonizado por la formación de centro-derecha, heredera del gaullismo, y pocos nombres propios del mandatario. Para amplios sectores políticos y sociales, en especial vinculados a la izquierda, la movida efectuada por el constituye un golpe, y ya han habido movilizaciones en las que se pidió a Macron la renuncia por ello.
El nuevo gobierno no fue sometido a la aprobación del parlamento, lo que en un sistema semipresidencialista, si bien se recomienda en aras de reforzar su legitimidad de origen, puede omitirse, aunque de saltearse el tramite parlamentario, es el mismo presidente Macron el que corre riesgo de ser destituido por una moción de censura en su contra desde el Poder Legislativo. Sin haber sido debatido en la Asamblea Nacional, el novel gobierno cuenta con el apoyo tácito de la ultraderecha, a la que el macronismo roga que no apoye ningún intento por destituir al gobierno o a su figura del cargo de jefe de estado.
Michel Barnier es el primer ministro de este gobierno formado por Macron. Se trata de un político del partido Los Republicanos a quien le tomó unos dos semanas tejer los hilos ministeriales de la nueva gestión. Como resultado quedó un gobierno marcado por un giro casi total a políticas derechistas, que asume demandas de la agenda del Frente Nacional de Le Pen en materia de inmigración e inseguridad. De esta manera se consuma una nueva alianza que confirma el giro del capitalismo hacia posiciones autoritarias con tal de legitimarse ante una población cada vez más desconfiada y desencantada de la política democrática.
De todas maneras, más allá de este cambio en la superestructura política francesa, el nuevo gobierno no deja de ser débil, y dependiente ni mas ni menos que del favor de la ultraderecha para que no sean destituidos ni la nueva administración ni el jefe de estado. La coalición de izquierda Nuevo Frente Popular (NFP), que ganó los comicios con 193 diputados, ya anunció la presentación de una moción de censura contra el gobierno de Barnier, que podría prosperar si la apoya la extrema derecha.