Europa golpeada mas que Rusia por la invasión a Ucrania

Una familia pasea en patinetas eléctricas por Moscú el 28 de junio del 2022, como si nada sucediese. Rusia parece estar sobrellevando mejor que Europa los desajustes económicos asociados con su invasión de Ucrania. (AP Photo/Pavel Golovkin, File)

En toda Europa abundan los indicios de problemas económicos asociados con la invasión rusa de Ucrania. Bancos de alimentos en Italia sirven a cada vez más gente. Las oficinas del gobierno alemán apagan sus acondicionadores de aire y se preparan para racionar el gas natural y reactivar las plantas de carbón. Una gigantesca empresa de servicios públicos pide ayuda de los contribuyentes. Las granjas lecheras se preguntan cómo harán para pasteurizar la leche. El euro se cotiza a su nivel más bajo en 20 años respecto al dólar y aumentan los pronósticos de una recesión.

Todos estos son indicadores de cómo el conflicto –y la reducción gradual que dispuso el Kremlin del suministro de gas natural que mantiene funcionando las fábricas europeas– han provocado una crisis energética en Europa, planteando la posibilidad de una recesión justo cuando las economías se recuperaban de los efectos de la pandemia del COVID-19.

Los altos costos energéticos asociados con la guerra benefician a Rusia, un gran exportador de petróleo y gas natural, cuyo activo banco central y años de experiencia lidiando con sanciones han logrado estabilizar el rublo y la inflación a pesar de su aislamiento económico.

A largo plazo, sin embargo, los economistas dicen que Rusia pagará un precio muy caro por la invasión: Una fuerte paralización de su economía al suspenderse las inversiones y una merma en los ingresos de la gente.

Los retos que enfrenta Europa son a corto plazo: Combatir una inflación récord del 8,6% y pasar el invierno sin que haya cortes energéticos graves.

El continente depende del gas natural ruso y los altos precios de la energía afectan las fábricas, los alimentos y la gasolina.

Reina la incertidumbre en sectores muy dependientes de la energía, como las planas siderúrgicas y la agricultura, que podrían sufrir racionamientos del gas natural para proteger las viviendas si la crisis se agrava.

Una de las consecuencias para España de la guerra en Ucrania es la escasez de ciertos productos, como fertilizantes, piensos, aceites vegetales,que se utilizan en la producción agrícola y ganadera. Al ser más escasos y caros, repercuten a su vez en un encarecimiento de la producción agrícola, ya de por sí muy tensionada por el fuerte aumento del coste de la energía.

Por ejemplo, la sandía vale hoy un 88% más que en junio de 2021 y el melón cuesta un 68% más, y así, en los supermercados, un kilo de sandía ronda los 1,50 euros y el del melón llega o supera los 2 euros.

Molkerei Berchtesgadener Land, una gran granja cooperativa lechera de Piding, cerca de Múnich, tiene almacenados 200.000 litros (44.000 galones) de combustible para poder seguir generando electricidad y vapor para pasteurizar la leche, manteniéndola fría, si se interrumpe el suministro de gas natural a sus turbinas.

Es una medida crítica para 1.800 ganaderos cuyas 50.000 vacas producen un millón de litros de leche diarios. Las vacas lecheras tienen que ser ordeñadas a diario y cualquier corte del suministro de electricidad arruinaría ese mar de leche.

“Se desperdiciaría toda esa leche”, dijo el director gerente de la cooperativa Bernhard Pointner.

En una hora, la cooperativa usa el equivalente a la electricidad que emplea una casa en un año.

También se ve afectada la mesa familiar. Grupos de defensa del consumidor calculan que una familia italiana típica gastará este año 681 dólares más en alimentos.

“Nos preocupa esta situación y los continuos aumentos en la cantidad de familias que ayudamos”, dijo Dario Boggio Marzet, presidente del Banco de Alimentos de la Lombardía, que agrupa a decenas de organizaciones caritativas que operan comedores comunitarios. Sus gastos mensuales aumentaron 5.000 euros este año.

Jessica Lobli, madre soltera de dos niños del suburbio parisino de Gennevilliers, dice que tuvo que reducir el consumo de leche y yogur, y que renunció a Nutella y otras galletas de marca.

“La situación va a empeorar, pero tenemos que comer”, dijo Lobli, quien gana entre 1.300 y 2.000 euros al mes trabajando en la cocina de una escuela.

Normalmente gasta entre 150 y 200 euros al mes en comida, pero esa suma bajó a 100 euros en junio. Dice que la familia no come tanto en el verano, pero le preocupa lo que pueda suceder en septiembre, cuando se reanudan las clases y debe comprar útiles y libros escolares para su hija de 15 años y su hijo de ocho.

El presidente francés Emmanuel Macron dijo que el gobierno tratará de ahorrar energía apagando las luces callejeras de noche y tomando otras medidas.

En Alemania, las autoridades piden a la gente y los negocios que ahorren energía.

Todo esto es consecuencia de la decisión rusa de reducir o suspender el suministro de gas natural a decenas de países europeos.

Carsten Brzeski, director de la unidad de la eurozona de banco ING, pronostica una recesión para fin de año porque los precios altos disminuirán el poder adquisitivo de la gente. El crecimiento económico de Europa a largo plazo dependerá de si los gobiernos logran llevar a cabo las grandes inversiones necesarias para contar con una economía basada en energías renovables.

“Sin inversión, sin cambios estructurales, lo único que queda es rogar por que todo funcione como antes. Pero eso no sucederá”, afirmó Brzeski.

Mientras Europa sufre, Rusia consiguió estabilizar la tasa de cambio de su rublo, la bolsa de valores y la inflación, mediante una amplia intervención del gobierno. El petróleo ruso encontró más compradores en Asia, aunque a precios rebajados, compensando en parte la pérdida de clientes en Occidente.

Luego de sufrir sanciones por la toma de Crimea en el 2014, el Kremlin impulsó una economía a prueba de balas, reduciendo la deuda y presionando a las empresas a que consigan partes y alimentos en la misma Rusia.

Si bien empresas como IKEA se fueron del país y Rusia dejó de pagar su deuda externa por primera vez en un siglo, no hay una sensación de crisis en Moscú y se ve gente comiendo alegremente en los restaurantes.

Las cosas son un poco distintas en el interior, donde la gente se ve más afectada por la guerra.

Sofya Suvorova, quien vive en Nizhny Novgorod, a 440 kilómetros (273 millas) de Moscú, dice que “ya casi no ordenamos comida afuera”.

“Vamos menos a los cafés, a conciertos y teatros”, manifestó. “Tratamos de que a los niños no les falte nada, pero los adultos tuvimos que hacer ajustes”.

Los economistas dicen que la tasa de cambio del rublo –que vale más en relación con el dólar de lo que valía antes de la invasión– y una inflación más baja son datos engañosos. El gobierno está impidiendo la salida de dinero del país y obliga a los exportadores a convertir sus ingresos en rublos, lo que constituye una manipulación de las tasas de cambio.

La tasa inflacionaria, por otra parte, “no significa nada”, según dijo Janis Kluge, experta en la economía rusa del Instituto Internacional de Asuntos de Seguridad de Alemania, en un informe reciente. Dice que ello se debe a que no toma en cuenta los bienes occidentales que desaparecieron del mercado ruso. Agrega que la baja inflación probablemente refleje una reducción en la demanda.