Después de más de 25 años de negociaciones, el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur volvió al centro de la agenda internacional y se encamina a su firma formal en 2026. Se trata de uno de los tratados de libre comercio más ambiciosos del mundo, tanto por volumen económico como por población alcanzada: más de 720 millones de personas.
Pero, ¿qué implica realmente este acuerdo?, ¿qué cambia para Argentina? y, sobre todo, ¿quiénes ganan y quiénes pueden perder con su implementación?
El acuerdo UE–Mercosur busca reducir y eliminar aranceles al comercio de bienes y servicios entre ambos bloques. Más del 90% de los productos quedarían liberalizados de manera gradual, en plazos que van de 5 a 15 años, según el sector.
No se limita solo al comercio de mercaderías: también incluye capítulos sobre
servicios
inversiones
compras públicas
propiedad intelectual
normas sanitarias y ambientales
El objetivo declarado es facilitar el intercambio, aumentar las exportaciones y atraer inversiones, integrando más estrechamente a Sudamérica con el mercado europeo.
Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay podrían aumentar exportaciones agroindustriales, especialmente en:
carnes
granos
aceites
vinos
economías regionales
Europa es un mercado de alto poder adquisitivo y, para muchos productos argentinos, hoy existen aranceles elevados que el acuerdo reduciría o eliminaría.
Sectores como software, servicios profesionales, ingeniería y energía podrían ampliar su acceso al mercado europeo, algo clave para provincias con desarrollo tecnológico y exportador.
La baja de aranceles también implicaría productos importados más baratos, con impacto en precios y mayor variedad de bienes.
Al abrirse el mercado, industrias locales con baja productividad podrían enfrentar una competencia fuerte de productos europeos, especialmente:
automotriz
maquinaria
químicos
bienes industriales de alto valor agregado
Esto plantea el riesgo de cierres, reconversiones o pérdida de empleo, si no hay políticas de adaptación y transición.
Del lado europeo, los principales opositores son productores agrícolas y ganaderos, que temen una “competencia desigual” frente a países del Mercosur con menores costos productivos y normativas diferentes.
Por este motivo, el acuerdo incluye cuotas, salvaguardas y controles sanitarios estrictos, aunque el conflicto político sigue abierto en varios países de la UE.
Más allá del comercio, el tratado tiene una fuerte dimensión geopolítica. Para Europa, es una forma de diversificar socios comerciales en un mundo atravesado por tensiones con China, Estados Unidos y Rusia. Para el Mercosur, representa una posibilidad de reinsertarse en cadenas globales de valor, luego de años de aislamiento y baja integración internacional.
Sin embargo, el acuerdo aún debe ser ratificado por los parlamentos nacionales y regionales europeos, un proceso que podría demorarse o introducir modificaciones.
Para Argentina, el acuerdo no es automáticamente bueno ni malo:
dependerá de cómo se lo implemente.
Sin políticas activas de:
reconversión industrial
financiamiento productivo
infraestructura
capacitación laboral
el riesgo es profundizar desequilibrios. Pero, con una estrategia clara, también puede convertirse en una oportunidad histórica para exportar más, generar dólares genuinos y modernizar sectores productivos.
El acuerdo UE–Mercosur promete abrir mercados y bajar aranceles, pero también expone tensiones estructurales. No es una solución mágica ni una condena inevitable: es una herramienta. El verdadero impacto dependerá de las decisiones económicas y productivas que se tomen puertas adentro.