Murió la actriz Isabel “la Coca” Sarli

 Se encontraba internada por complicaciones de salud.

En el último tiempo, Isabel Sarli, ícono del cine nacional, batallaba por superar las complicaciones de una operación de cadera y una infección urinaria en el Hospital San Isidro.

Las manifestaciones de apoyo y cariño mostraban a familiares y seguidores expectantes ante la posibilidad de una recuperación, pero finalmente Hilda Isabel Gorrindo Sarli asumió el último papel, el rol con el que será recordada por siempre: el de una leyenda.

La muerte la sorprendió a ella y a su entorno este martes 25 de junio, a las 8.45.

No era la primera vez que se enfrentaba a problemas de salud. Con 83 años, ya tenía en el currículum una cirugía de tumor cerebral –a comienzos de la década de 1990– y un edema pulmonar que en 2011 la puso contra las cuerdas.

Y eso es sólo un botón de muestra de la resistencia de una mujer fuera de serie.

A Sarli le tocó ser la anatomía argentina más reconocida a nivel mundial (antes del auge de Internet) y también la mujer que rompió los diques del tabú para flotar en innumerables escenas sobre las aguas turbulentas de una filmografía vapuleada y celebrada por igual.

De esos ríos controversiales, de escenas que a la luz actual se percibirían como brutales, la “Coca” emergió limpia y triunfante, convertida en un mito.

Vida de película

Nacida el 9 de julio de 1935 en Concordia, Entre Ríos, perdió a su hermano menor cuando era una niña; poco tiempo antes su padre se había marchado del hogar humilde en el que vivían, y su madre –María Elena– se encargó de sembrar en ella el odio hacia su progenitor.

Las dos mujeres se mudaron a Buenos Aires, donde la pequeña Isabel tomó clases de dactilografía e inglés con el sueño de convertirse en secretaria, mientras su madre trabajaba como ama de llaves. A los 15 empezó a redactar misivas para estancias campestres y ese fue su primer trabajo antes de que su belleza natural la llevara a probar suerte con el modelaje.

Con los primeros ingresos de esa tarea compró un departamento para María Elena, quien no volvería a trabajar y dedicaría el resto de su existencia a intentar manejar el destino de su hija.

Su primera imposición fue que se casara con Ralph Jürgen Heinlen, señor de quien Isabel no estaba enamorada. La unión efímera sería la antesala de su gran y único amor, el director de cine Armando Bo.

Resistencias e insistencias

Todo cambiaría en la vida de Isabel Sarli a partir de esa relación. Al comienzo, ni su madre ni la familia del cineasta estuvieron de acuerdo con el vínculo, que nació poco tiempo después de que ella se consagrara Miss Argentina en 1955.

Con apenas 20 años, venía de recibir las felicitaciones de un presidente Perón entusiasmado por conocer a la joven que también había quedado como semifinalista del concurso Miss Universo.

De personalidad aniñada que contrastaba con su apariencia voluptuosa, muchos señalan que el director y productor cinematográfico se aprovechó de esa inocencia para convertir a Sarli en un producto rentable frente a cámara, cosificando las dotes naturales de la mujer.

Ella misma reconoció en más de una oportunidad que necesitaba whisky para tomar coraje antes de las escenas. Y que incluso su primer desnudo en el cine en 1956 fue producto de un engaño, puesto que Bo le aseguró que la filmaría desde lejos y que saldría “chiquita como una hormiga”.

Por esa primera toma audaz bañándose desnuda en El trueno entre las hojas, su madre le dio una paliza.

Binomio bisagra

La relación con Armando Bo comenzó cuando él estaba en pareja con Teresa Machinandiarena y fue un idilio marcado por la clandestinidad hasta la muerte del cineasta en 1981.

Desde 1958 y hasta 1980, Sarli participó en 27 filmes “subidos de tono” bajo la dirección de Bo. Sólo probó suerte dos veces fuera de ese registro, una de ellas en Setenta veces siete, de Leopoldo Torre Nilsson, película que recibió pésimas críticas del público porque Isabel no se mostraba desnuda.

Su destino en el celuloide estaba marcado.

Recorrió el mundo junto a Bo acompañando los estrenos que rápidamente trascendieron fronteras mundiales.

El cineasta fue perseguido por gobiernos militares, por la iglesia y por los sectores conservadores, a la vez que Sarli era tachada de licenciosa y provocadora. No era para menos: en sus películas podían verse temas como zoofilia, lesbianismo, lucha femenina en el barro, violaciones grupales, drogas blandas y hasta rugbiers vestidos de drag queens, temas prohibidos para la época y que le valieron innumerables tijeretazos censuradores.

A la par de Isabel comenzaría a trabajar más tarde el hijo mayor de Armando, Víctor Bo, cosa que sumó más morbo a la crítica especializada y no tanto: a las luces de la moral reinante en la época, lo de Sarli era considerado impúdico y peligroso.

A raíz de su popularidad en auge llegó a ser convocada por la Columbia Pictures y desembarcó en Estados Unidos donde además se ganó al público brindando entrevistas en inglés y explotando su nueva condición de diva y sex symbol.

Con estilo propio

La persona y el personaje de Isabel Sarli se maridaron de modo complejo. La mujer exuberante que redefinió los cánones de belleza con su cuerpo natural, la morocha que jamás pasó por un quirófano y arrió espectadores con escenas trasgresoras de erotismo y violencia, en la vida privada se mostraba reservada y lejos de la provocación, tal vez más cerca de la inocencia que inmortalizó en su frase característica: “¿Qué pretende usted de mí?”.

A pesar de que sus películas eran sórdidas y en ellas se la veía como a un objeto, la actriz reivindicó siempre la producción junto a Bo, y pocas veces se mostró crítica con ese período en el que, según dijo, ambos manejaban la empresa como un almacén en el que todos hacían, deshacían y participaban de las ganancias.

La fama y belleza de Sarli calaron hondo en Brasil (donde filmó Favela) y Paraguay (donde rodó La burrerita de Ypacaraí), país que incluso tiene una calle con su nombre, pero los fans de Sarli se reparten por Japón y distintas regiones de Europa, además de Latinoamérica.

Para el recuerdo

El fenómeno de Isabel Sarli sólo puede ser entendido en un contexto y en un período en el que la actriz fue el mascarón de proa que rompió las convenciones, ocasionando un sacudón tan global como perdurable.

El escritor Dalmiro Saenz se refirió a ella en su apogeo: “Era un símbolo del sexo, aunque con cierta imagen de castidad que era una trampa; Sarli era un ser verdadero y normal dentro de un envase particular y atractivo”.

Su vida –plagada de sinsabores, fama y tristezas– por momentos fue glamorosa y por momentos mordió la banquina del grotesco.

Pero contra todo pronóstico, su amor complaciente y sumiso se camufló de trasgresión y la llevó a revolucionar la pantalla grande y a reivindicarse de manera definitiva, sin perder su característica sonrisa plañidera.

Por ese motivo, la cultura popular se encargó de sellar un pacto en el que Sarli será por siempre respetada en su último rol: el de una figura de culto que, a partir de hoy, descansará para siempre en el corazón de sus admiradores.