24 horas para amar

La ficción de Iván Ambroggio que exhibe el flagelo de la violencia de género, los encuentros y desencuentros del amor, el dolor que provoca el exilio, la magia del destino, y un final que invita a la reflexión…

El destino mezcla las cartas y no hay juego sin riesgo. Llovizna. El frío deja desiertas las calles y apaga la noche de Santiago de Chile. Son las 23 horas. Los vidrios y los espejos del auto que conduce Edder José –un abogado venezolano de Caracas, que busca eludir el hambre trabajando como Uber en un país ajeno– están totalmente empañados. Es un ser anónimo más en la capital que mira a los Andes desde el oeste. La radio suena bien. Se escucha el tango “Yira Yira” que pidió un argentino mientras espera que el delivery le entregue la chorrillana y una botella de malbec chileno, que le recomendó un amigo y que encargó por teléfono hace exactamente 67 minutos, tras buscar la mejor opción en Google.

Cuando los neumáticos mojados del Fiat uno gris, que exhibe raspones en todas partes excepto en el caño de escape, dobla en la calle General Mackena, Edder recibe el aviso de Uber en su celular que tiene la pantalla rota. La aplicación le indica que a quinientos metros hay un potencial pasajero esperando su servicio. Acepta el viaje, acelera un poco, baja el volumen de la radio, se pasa la mano izquierda por su ondulada cabellera castaña para estar presentable, ensaya una monería en el espejo retrovisor y se arenga para estar motivado.
De pronto, observa una mujer a mitad de cuadra. Error; lo que en realidad ve son dos piernas; mejor dicho, las dos mejores piernas que vio en su vida, subidas en unos tacos negros finísimos y envuelta en una campera de cuero. La mujer sostiene un paraguas con su mano izquierda y sutilmente levanta dos dedos de su mano derecha para derrumbar toda duda de quien había solicitado el servicio. Edder detiene el coche con caballerosidad y enciende la luz interior. Ella abre la puerta del auto, se inclina hacia delante, frunce el entrecejo y le pregunta:

– ¿Edder?
–Sí, señora. ¿Usted es María Lourdes, verdad? –responde el venezolano, abriendo los ojos.
– Sí, pero decime Lourdes, –dice la mujer con acento mandón, bien argento.

Lourdes sube al auto y se sienta en el asiento del acompañante para que los carabineros no descifren fácilmente que ese auto es Uber, que está prohibido en Chile, aunque es uno de los medios de transporte más utilizados. Edder advierte que los pómulos prominentes y los ojos delicados de la mujer que está sentada a su derecha, se potencian con una boina calada blanca que le da un toque extra de sensualidad y personalidad. Lourdes se abrocha el cinturón y mientras lo hace, oye la letra del tango que viene escuchando Edder:

Verás que todo es mentira.
Verás que nada es amor.
Que al mundo nada le importa.
Yira…yira…

La argentina sonríe. Le pide a Edder que por favor ponga el volumen en par –el pedido obedece a un trastorno obsesivo compulsivo que Lourdes arrastra desde hace una década–. Tararea la letra del tango apretando sus labios, como quien no quiere que se advierta el carácter amateur de su entonación.

–¿Te gusta el tango? ¿Conocés muchas canciones de Discépolo? –pregunta Lourdes buscando romper el hielo.
–No señora, es la primera vez que escucho esa vaina argentina, pero me gusta. Parece un medio para que el pueblo cuente lo que le duele. La letra es profunda. Es nostalgia gris, como el cielo con esta llovizna, –dice Edder con los ojos llorosos como dos océanos, por el recuerdo de su patria y de su familia, que está en su corazón pero que reside a miles de kilómetros de distancia, en la ciudad de Caracas, y que posiblemente no vuelva a ver nunca más.
Lourdes, percibe su angustia y también descubre que Edder es un hombre de unos cuarenta años, de 1,80 metros de altura, delgado, erguido, con cejas gruesas bien oscuras, sencillo, educado, respetuoso, dueño de gestos en extinción para los tiempos que corren. Viste un jean Wrangler que le regalaron sus hermanos para su cumpleaños –hace seis años–, una remera negra con letras blancas que dicen “100% Auténtico” en el pecho, y tiene una campera inflable color verde musgo apoyada sobre el respaldo de su asiento.

Lourdes advierte que en el silencio hay una historia de vida que ella ignora, pero él recuerda y sufre. En ese instante mudo, se respira aflicción, culpa y miedo al futuro.
Con valentía, o con exceso de dosis de imprudencia, la mujer le pregunta de dónde es y por qué está tan triste. Edder cierra y abre los ojos tres veces seguidas como queriendo cerrar las compuertas de donde caen sus lágrimas, y con un nudo en la garganta, de esos que impiden hablar de corrido, ensaya una respuesta:

–No pasa nada señora, sólo estoy un poco agotado, viajé ocho días seguidos y el cuerpo me está pasando facturas por el cansancio, pero ya pasará –susurra Edder.
–No me digas “señora”, por favor, y tuteame porque soy joven aunque no lo parezca –dice Lourdes de 38 años de edad, con una sonrisa que busca generar empatía y ahonda la confidencia.
–¿Por qué tan largo viaje, Edder? –cuestiona Lourdes, sorprendida.
–Mira, viajé de Venezuela a Colombia, de Colombia a Ecuador, de Ecuador a Perú, desde allí ingresé a Chile y llegué a Santiago –responde Edder, respira hondo y recuerda el instante cuando subió al primer colectivo en Caracas.
– ¿Está muy mal Venezuela, no? –pregunta Lourdes, mientras se acaricia el cabello con las dos manos; y profundiza un poco más: “¿la violencia es como se ve por televisión?”.
–Mira, en Caracas el olor a hambre, violencia y muerte se arrastra por las calles. Allí, sólo quedan trabajadores sin empleo. Yo amo a mi país, pero tuve que irme para poder comer y juntar algo de dinero para enviarle a mi familia –argumenta Edder con la voz repleta de nostalgia. El modo de hablar del conductor de Uber denota que es universitario, medianamente instruido. Se expresa como si necesitara que lo perdonasen…
–¿Viniste solo? –pregunta Lourdes mientras mira por la ventanilla cómo un viejito toca el violín en una esquina a cambio de lo que quieran darle.
–No, vine con mi hermano Carlos Eduardo; él comenzó a trabajar anoche en una pizzería. Pero mis otros dos hermanos y mis padres quedaron allá y mi padre no está bien de salud y en mi Patria escasean las medicinas. Me pregunto si volveré a verlo con vida –expresa Edder, conmovido.
Lourdes respira profundo y se arrepiente de haber preguntado.
De pronto, la aplicación Uber delata que han llegado a destino e indica que el precio del viaje es tres mil doscientos pesos chilenos.
–¿Es aquí? –pregunta Edder.
–Sí –dice la argentina, con voz apagada que adorna su rostro franco y su cabellera caoba con ondas en las puntas. Busca en su cartera el puñado de billetes que nunca encuentra. Revuelve todos los rincones sin éxito. Busca nuevamente. Se pone nerviosa y jura que le va a pagar. Edder sonríe y expresa:

–Tranquila, tranquila, no pasa nada pana, está todo bien.
–Te voy a pagar con tarjeta de crédito, ¿ok? –musita Lourdes con suma ansiedad.
–Ok –dice Edder, y en cinco segundos la transacción se ejecuta, mientras el ritmo cardíaco de Lourdes se apacigua.

Lourdes va a encontrarse con un hombre que conoció por Tinder pero que no le genera demasiadas expectativas. Abre la puerta del auto y antes de bajar lo mira a Edder y le dice: “bienvenido al sur de América amigo; todo va a estar bien, quedate tranquilo”. Se da cuenta de que el intento de decirle una frase para darle aliento, no funcionó.

–Buenas noches, Edder. Ha sido un gusto conocerte –dice la argentina y abandona el auto impregnado con su perfume Miss Dior.
–Igualmente señora, que tenga buena vida – responde el venezolano.

Lourdes se baja, camina dos metros y vuelve sobre sus pasos. Levanta su dedo índice derecho, lo señala a Edder directo a la frente y le dice en porteño rancio:

–Te dije que no me dijeras “señora” y que me tutearas, ¿recordás? ¿O tan vieja me veo? –dice Lourdes con vehemencia y picardía.

Edder se sonroja, baja la cabeza con el pudor de un niño cuando lo retan en público, la mira, le pide disculpas tímidamente, la observa con codicia pero con sumo respeto, y por ende se calla las ganas de decirle que está espléndida. En silencio observa cada gesto de la persona que más conversación le sacó desde que partió de Caracas, su ciudad natal.
Ella lanza una carcajada desinhibida y en menos de un segundo, cambia rotundamente de plan: decide suspender la cita con el pretendiente virtual de Tinder sin avisarle, evita ingresar al bar pautado para no cruzárselo, y le dice a Edder:

–Ningún perdón, ahora te vas a bajar del auto y vas venir conmigo a tomar unos tragos en ese bar.

Edder abre los ojos; su corazón se detiene asombrado. Agradece la invitación, pero argumenta que no puede rumbear cuando trabaja.

–Yo tengo la solución para tu conflicto de roles –afirma Lourdes y agrega: “Bajate ya y no trabajes. Para ser feliz hay que darse permiso. Estacioná y entremos a tomar unas cervezas y unos rones de Venezuela. De paso conversamos un poco y nos reímos, que nos va a hacer bien. Suelen pasar buena música en este lugar”.

Edder experimenta culpa por abandonar el trabajo algunas horas pero sabe que el destino, por más generoso que sea, no pondrá a esa mujer en su camino dos veces. Entran a un bar de la calle Manuel Montt, que se llama “Ilusiones”, en Providencia. Las paredes son de color rojo, blanco y azul. Exhiben caricaturas bien logradas de deportistas. Del techo cuelgan banners con mapas que les recuerdan a los clientes que se encuentran en un rincón austral del mundo. Cinco muñecos de cera sentados a una mesa simulan ser una reunión de músicos reconocidos a nivel mundial jugando a las cartas, fumando unos puros y bebiendo whisky. La luz es tenue pero no impide ver los cuadros colgados en la pared azul. Edder se queda boquiabierto mirando fijo unos que conmemoran sucesos globales históricos: la caída del muro de Berlín, la guerra de Vietnam, Fidel Castro ejecutando un discurso bajo una lluvia torrencial; la construcción del canal de Panamá, el Papa Juan Pablo II logrando la paz entre Argentina y Chile; el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en Dallas, y Nelson Mandela asumiendo la presidencia de Sudáfrica. Una mesa extensa con quince banquetas de cada lado ocupa el centro del concurrido bar. Todas las mesas pequeñas son de madera y exhiben una frase tallada, de bienvenida. Hay gente de todas las edades. Una banda local de rock prepara sus instrumentos y el sonido para tocar unos temas en vivo. Mientras tanto un DJ con la gorra para el costado y auriculares de color magenta, pasa música pop para ambientar el lugar. Algunos cenan, otros beben unos tragos y otros apoyan su codo en la barra y desde allí observan quién ingresa, quién se mueve de lugar y quién sale. El barman baila y canta en voz baja, mientras sirve unos chopps y prepara todo tipo de tragos. Se respira pluralidad y buena onda.

Una moza santiaguina, a la que el corpiño le va a estallar, se acerca a la mesa de Lourdes y Edder. Piden una cerveza Austral y una Kunstmann (cervezas orgullo de Chile), y una chorrillana con queso azul, comida típica chilena. La moza anota el pedido y promete que se los traerá “altiro nomás”.
Lourdes se ríe de los modismos de cada país. Y acto seguido se burla de sí misma. Dice que cuando intente regresar a Buenos Aires, no la dejarán subir al avión por exceso de kilos y tráfico de rollos. Todos los que la ven saben que el comentario es exagerado. ¡Muy exagerado! Es una trampa que usan las mujeres bellas por las dudas que los presentes no se hayan percatado de su hermosura. Edder es más sensible a la actitud que a la belleza, pero últimamente su angustia lo mantiene sedado. No obstante, esta mujer a quien conoce hace un manojo de minutos, pone en jaque a la coraza que custodia sus emociones desde que dejó Venezuela. Los ojos de Edder se pierden entre los labios exuberantes de Lourdes. El ceceo de la argentina lo puede. Una voz interior le recuerda que las que conquistan, en realidad, son las mujeres, y que los hombres que tanto planean estrategias y alardean, las conquistan sólo cuando ellas quieren que eso acontezca.
En el bar suena la voz inconfundible de Joaquín Sabina. Edder, atrapado en las virtudes de la mujer que tiene enfrente, dice convencido que esa parte de la letra fue escrita para él:

A decirme que existe el olvido, esta noche han venido.
Te sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del Che.

La voz y la melodía estimulan más los sentidos de ambos. Edder repasa su vista por la boina que exalta los pómulos y la nariz respingona de Lourdes. Confirma su belleza por enésima vez.
En la mesa de al lado, dos mujeres centenarias –una de cien años y otra de cien kilos–, escuchan, como espías rusas, la conversación ajena, simulando ser sordas. Sobre su mesa hay una copa de vino tinto caro, un mazo de cartas de tarot y un whisky con dos cubitos de hielo bastante derretidos. Ambas están embelesadas con el acento y la caballerosidad del venezolano que mira sin pausa a la argentina sensual. En las otras mesas, hay parejas hartas de compartir momentos siempre con la misma persona. Ya ni dialogan y sólo miran la carta de tragos y critican la vestimenta y las caras de las personas que están en el bar, para matar el tiempo.

En el fondo del bar, un tipo mayor de pelo entrecano, barba blanca descuidada y frente extensa, luce unos guantes marrones horribles de cuero, tiene varias hojas manchadas con rastros de café y cinco bollos de papel que adornan la ginebra y el sifón añejo que están sobre la mesa. Escribe –o hace que escribe– con su mano izquierda empleando una lapicera extraña. Cada quince segundos mira sobre sus anteojos a la mujer más glamorosa y extrovertida que vio en ese bar. Los clientes frecuentes de “Ilusiones”, afirman que “El Barba” simula ser un escritor, pero que es un viejo baboso, borracho y mirón. También comentan que todas las noches termina abrazado a la barra, hablando con borrachos nostálgicos como él, a quienes les repite una frase, arrastrando sílabas y amontonando consonantes, para que calmen su pesimismo vital: “Invoquen la esperanza, amigos. Es tan necesaria como el sol en primavera, señores”. Cuando el remedo de poeta mueve sus piernas delgadas y chuecas con destino al baño; lo hace sumamente vacilante. El barman, al verlo tambalear como un barco, les dice a los otros sujetos que están en la barra: “el viejo delirante está totalmente en pedo”.

–No quiero meterme en una conversación que te moleste Edder –dice Lourdes con sus poderosos ojos turquesa que provocan miedo en su compañero de salida. El silencio toma la mesa por asalto. Los dos observan sus cervezas, y de repente sus miradas se cruzan y se atraen. Él simula no darse cuenta; ella elige ocultar que Edder tiene algo que le gusta, o, mejor dicho, tiene demasiadas cualidades que le gustan. Ambos vienen de situaciones complicadas y ninguno quiere volver de nuevo a la nada. Se miran nuevamente. Ella pone a prueba la efectividad de su sonrisa y él le guiña el ojo izquierdo y le entrega una flor que armó con una servilleta de papel.
Lourdes la recibe y la huele como si fuera una rosa, agradece y supone que Edder debe tener la necesidad de hablar y que, a ella, como buena periodista de espectáculos, le gustaría escuchar su historia.

Una pareja venezolana que está en la mesa contigua escucha el acento de Edder y se acerca a la mesa a saludarlo. Los tres caribeños recuerdan su bandera, su gente, su música, y las enormes probabilidades de no volver al lugar que aman y de vivir en un país ajeno el resto de sus días.

–Oye pana, somos de Maracaibo, a tus órdenes para lo que necesites, chamo. Aquí tienes nuestro número de teléfono. Llámanos –dice Juan y le extiende su mano derecha para saludarlo. Edder se pone de pie y abraza a sus compatriotas con afecto inconmensurable. Lourdes lo mira embobada, como si lo retratara. La sensibilidad de ese hombre que recién conoce, pero que en realidad desconoce, la pueden. Piensa que quizás su mala racha terminó en ese instante. Vuelve a pasar su vista por los ojos de Edder y concluye que reflejan, sin margen de error, un dolor que lo carcome. Toman unos sorbos de cerveza que va haciendo efecto y, sin proponérselo, ambos dejan que sus cuerpos decidan si la química y el deseo le darán paso, o no, al placer. Los dos sortearon malos momentos, saben de dolor y de pérdidas, ambos amaron y no fueron correspondidos, y ahora están frente a frente por capricho del destino e intuyen que quizás no volverán a cruzarse. Edder intuye que debe jugar su mejor naipe, pero no encuentra el momento oportuno. El miedo a fallar lo hace irse al mazo tres veces.

En la barra, un argentino y un chileno discuten sobre fútbol, Pablo Neruda, el “Che” Guevara, Perón y Pinochet, mientras escuchan música y miran en una pantalla gigante – sin sonido– un viejo partido de Boca y Colo-Colo que terminó en una batalla campal, y con los dientes de un ovejero alemán clavados en el trasero del arquero de Boca. El chileno se pone denso: le repite cuatro veces al argentino, el resultado de la final de la Copa América 2016, cuando el equipo comandado por Lionel Messi cayó derrotado ante “La Roja”. El argentino le responde jocosamente que Chile nunca ganó un Mundial, y le pregunta con ironía ácida, cuántos Diego Maradona y Lionel Messi tiene. También le recuerda, enfurecido, la traición de Chile a la Argentina en la Guerra de Malvinas. El barman es un milenial, que no entiende casi nada de lo que hablan y a quien le aburre mucho lo que escucha. Cree estar frente a una historia en color sepia. Se desquita vendiéndoles otra ronda de alcohol. Les sirve más pisco, mientras bosteza sin disimulo, abriendo su boca como un león que exhibe sus dientes para generarle miedo a otros animales.

Dos mellizas cincuentonas y coquetas piden la cuenta y siguen atentas a la novela del venezolano y la argentina.

Lourdes le cuenta a Edder que estuvo casada con un golpeador hijo de puta, que disfrutaba con humillarla en público y reventarla a golpes en privado. Lourdes habla – como quien relata una historia superada– que los viernes y sábados cobraba siempre el doble porque los fines de semana su repudiable ex, se excedía un poco más que de costumbre con el alcohol. Edder la escucha, atónito, sin parpadear. Le duelen los golpes que describe Lourdes. Observa las finas manos de esa mujer, su piel cuidada, sus uñas pintadas de color negro –con precisión quirúrgica–, y la pulsera coqueta con un Yin-yang que se sacude en su muñeca derecha, cada vez que ella gesticula. Lourdes tiene un tono de voz suave que destila femineidad…
De pronto, la argentina se levanta una manga de la camisa beige de seda y le muestra las marcas de una quemadura en su brazo izquierdo, consecuencia de un ataque de celos de Fernando, su ex, que le tiró agua hirviendo. Recién cuando la quemó, Lourdes reaccionó y entendió que debía apartarse del hombre que pretendía dirigir su vida a lo largo de un camino perdido. No fue un proceso sencillo. Tuvo sueños recurrentes de horror y violencia que le llevaron varios años de terapia para que ya no la visiten –al menos tan seguido–. Después de este vínculo tóxico, Lourdes se refugió en una armadura, para evitar ser dañada.
Edder comprende rápidamente que uno de los motivos de la presencia de la argentina en Chile, es escapar de esos recuerdos macabros.
–Lo siento mucho, Lourdes. No comprendo cómo un hombre puede golpear a una dama. Las mujeres son sagradas para mí. Mi padre me inculcó valores y respeto extremo a las damas –murmura Edder indignado. Luego se sincera y le cuenta a Lourdes que él le cerró las puertas y las ventanas al amor hace años, desde que el cuerpo de su novia quedó frío y duro, con dos balazos en el pecho, tirado en la calle, en una manifestación en Caracas. Sus ojos se humedecen. Suspende el relato unos segundos; mira para su izquierda para disimular su dolor y las lágrimas que asoman de sus ojos. Respira hondo y confiesa que su novia murió en sus brazos, que él se desmayó por la desesperación y la impotencia y que cuando volvió a la realidad, sus ojos lloraron tres años seguidos sin respetar feriados. Desde entonces, asevera que su corazón está compuesto de moretones que no se ven, pero que duelen cuando algo presiona sobre ellos.
El silencio interrumpe la escena. Edder baja la cabeza y mirando la mesa susurra una frase que queda flotando en el aire: “cuando se ama como yo amé, el olvido es muy largo y muy duro”. La porteña siente cómo se le pone la piel de gallina. La conmueven las palabras y los valores de Edder. Le genera curiosidad ese hombre sensible pero tampoco quiere tirarse a la pileta. Ninguno de los dos arriesga demasiado pero no ignoran que el cálculo y las estadísticas nunca fueron buenos pronosticando sentimientos.
La noche continúa. Lourdes está radiante. La luz del bar molesta en el rostro de Edder, quien se mueve un poco hacia la derecha para verla con más nitidez.
Edder piensa que tal vez sea el momento de tirar una botella al Pacífico implorando el amor de esa mujer. O quizás, lo mejor sea dejar que el tiempo corra sin saber hacia qué lugar.
Piden dos mojitos con ron de Venezuela. La moza se equivoca; trae un mojito y un cuba libre. Ellos están tan embelesados que ni se dan cuenta. Lourdes da el primer paso: le confiesa que le gusta su caballerosidad y su sensibilidad desde que subió al auto. Él se sonroja, siente como el pecho se le infla, se inclina para atrás en la silla, amaga, pero contraataca, se tira para adelante y le roba un beso que ella nunca rechaza.

Las señoras centenarias celebran lo que vieron con un brindis que casi rompe las dos copas. El tango “Yira Yira” –en una excelente versión de Los Piojos– aparece nuevamente entre ambos y viene al rescate de los extranjeros melosos. Pero lo que no pueden evitar ni la música, ni las divergencias culturales, ni el escritor mirón del fondo del bar, es que Lourdes y Edder incrementen su deseo sexual. Sus cuerpos deciden encontrarse y ellos les dan con el gusto. Edder pide la cuenta, paga en efectivo y se retiran abrazados, con las miradas en las espaldas de más de cincuenta personas.

Van al hotel donde se hospeda Lourdes en Las Condes. La argentina le confiesa que después de la mala experiencia con su ex, no tuvo sexo con nadie. Edder la contiene, la acaricia suavemente, la besa en la frente y la abraza fuerte. Lourdes se tranquiliza y se entrega convencida al calor del venezolano que supo ganar su confianza y su deseo. Se besan intensamente; se acarician y se hacen promesas indecentes. No dejan un centímetro de sus cuerpos desnudos sin explorar. El sabor exquisito de la piel de esa mujer, queda impregnado para siempre en Edder. La pasión caribeña y la caballerosidad de Edder dejan exhausta a Lourdes y la transportan a un mundo mágico, que sólo había conocido cuando dio su primer beso, a los doce años. La noche queda corta para tanto placer. Se duermen y, cuando asoma el sol, Lourdes despierta entre los brazos de Edder. Ambos sospechan que el destino fue quien jugó el As de espada para que sus caminos se cruzaran. Sonríen al unísono y el estallido de deseos deviene en otro efusivo encuentro sexual…

Cuatro horas más tarde, la argentina y el venezolano comienzan a caminar juntos la vida, y tres meses después abandonan Santiago de Chile. Llegan a Buenos Aires, alquilan una casa sencilla en San Telmo que posee una hamaca en el patio que resistió el paso del tiempo. Se casan. Fruto de ese intenso amor nace su único hijo que se llama Manuel, en honor a la calle Manuel Montt, donde está ubicado el bar que dibujó las sonrisas más radiantes en los rostros de ambos. Lourdes deja el periodismo y se dedica a ser feliz. Edder la admira sin reservas.
Tienen un pequeño restaurante. Trabajan juntos. Los lunes se distraen un rato bailando tango y todos los miércoles frecuentan una librería de la calle Nicaragua en Palermo, donde abundan los secretos de infidelidades con aroma a café. El emprendimiento gastronómico anda bien. Edder le envía dinero todos los meses a su familia que aún reside en Caracas, a través del correo internacional DHL.

La situación comienza a cambiar cuando un martes Lourdes va a buscar a su hijo al Jardín. En la puerta se encuentra con Fernando, su ex, el golpeador que tantas marcas le había dejado en su mente y en su cuerpo. Él la saluda con la cordialidad y la suavidad típicas de un psicópata. Ella se paraliza al verlo, su rostro palidece. Sin saber qué hacer, Lourdes le devuelve el saludo con la mano, manteniendo dos metros de distancia y desviando la mirada. Fernando se acerca, le cuenta que está esperando a su hija porque desde ayer va a ese centro educativo. Lourdes casi ni respira; por su mente pasan imágenes de gritos, golpes y cintazos. Está convencida de que el encuentro no es casualidad y que se trata de un plan macabro. Supone que fue víctima de tareas de inteligencia realizadas por su ex. Recuerda a la perfección, la obsesión de Fernando por controlarla noche y día y cómo disfrutaba invadiendo su privacidad y aislándola de todos sus amigos. Lourdes conoce sus manías y su capacidad de manipulación. Su cuerpo tiembla, pero ella quiere disimular para que su hijo no lo perciba. Mira su reloj queriendo que las agujas se apresuren y marquen las 18 horas, para poder huir de esa situación incómoda cuanto antes.
Fernando se muestra sereno y afable –esconde el desprecio que le generan los vínculos sanos y la felicidad de los demás–. Le pregunta a Lourdes si quiere que la lleve hasta su casa. Lourdes le agradece pero le dice que no, porque tiene que ir a otro lugar cerca. De repente, una maestra abre la puerta del Jardín, saluda a los padres que esperan en la vereda a sus hijos, le da un beso a Manuel –el hijo de Lourdes– y le dice que corra a abrazar a su mamá que lo está esperando. Manuel obedece, se ríe y corre contento a abrazar a su madre, como si hubieran pasado meses sin verse. Lourdes le da un beso, lo peina un poco con sus manos, le pregunta cómo se portó, lo toma de la mano y se van caminando rápido –bastante más rápido que de costumbre–.
Cuando llegan a su casa, escoge no contarle a Edder sobre Fernando, para no preocuparlo en vano. Se hace la superada, cree que puede manejar el tema sin ayuda.

Los encuentros de Lourdes y Fernando en la puerta del Jardín son cada mes más frecuentes. Él, cada tarde, potencia su amabilidad y ella cada vez baja un poco más la guardia. Lourdes comienza a pensar que su ex, no es tan malo como ella creía y que tal vez cuando la golpeaba hasta dejarla tirada en el piso, era porque estaba pasando un mal momento laboral, o porque ella lo hacía enojar. Empieza a justificarlo. Ingresa a un círculo vicioso. Retrocede a fojas cero su evolución emocional que tanto le ha costado. Se siente vulnerable como hace años. Está cayendo en la trampa pero no pide ayuda. Se convence de que ella era la responsable de los brotes de celos de Fernando. En su mente suprime las palizas para evitar amargarse. Sin dudas, la manipulación del golpeador está haciendo efecto sobre ella.

Los profesionales de la salud mental afirman que el transcurso del tiempo es una variable emocional importante ya que en perspectiva las cosas se ven diferente, para bien o para mal, pero diferente. No es menos cierto que la rutina también hace su trabajo en cualquier pareja y en mayor o menor medida comienza a erosionar la magia inicial. Lourdes y Edder no son la excepción. El aumento de tarifas y la caída del consumo en la Argentina, logra que la rentabilidad del restaurante se aproxime a cero, y que la pareja comience a navegar por diversos problemas económicos. Las discusiones matrimoniales se intensifican porque el dinero no alcanza y la indiferencia reemplaza a la armonía inicial.

Fernando aprovecha el escenario adverso de la pareja y avanza en la ejecución de su plan para poseer a Lourdes nuevamente. Edder ni sospecha que su mujer y Fernando, mantienen más diálogos que los que ella mantiene con él. Fernando comienza a ganar la confianza de Lourdes con obsequios caros, escucha activa de sus problemas, respeto y demostraciones de cariño en honor al amor que alguna vez se tuvieron.
En cada reunión de padres que se celebra en el Jardín, Fernando aprovecha la oportunidad para coincidir siempre con las opiniones de Lourdes en público. La hace sentir importante, la adula delante de todos. Elogia su comportamiento como madre. La exhibe como una mujer ejemplar. Logra que Lourdes se confunda más y más. Es un truco, pero ella está ciega y sólo desea escuchar palabras que le levanten la autoestima.
Una mañana, Fernando y Lourdes se encuentran en una librería. Fernando la invita a tomar un café para hablar de un tema que le preocupa mucho y tiene que ver con el Jardín y los niños. Lourdes acepta preocupada. Entran a un café cerca de Plaza Serrano. Se sientan. Piden dos cortados en jarrito. Fernando le comenta que le inquieta el proceder de una maestra. Le cuenta que un día cuando el llegó al Jardín, la maestra le estaba gritando y maltratando a Manuel, el hijo de Lourdes, y que al advertir que él había observado la escena, simuló que estaban jugando. Lourdes llora por lo que escucha. Siente impotencia y rabia. Piensa en su niño. Se culpa por no haber estado ahí para defenderlo. Se reprocha por no haber sospechado nada de lo que Fernando le está contando. No imagina que es mentira y que es una movida de ajedrez de Fernando para seguir desestabilizándola. Lourdes agradece con énfasis el gesto de Fernando. Conjetura una docena de situaciones negativas que le podrían haber sucedido a su hijo si Fernando no hubiera estado presente en ese momento. Fernando la toma de las manos y le dice que puede contar con él para lo que necesite. Y, vislumbrando que ella dirá que no, le dice que si él es una molestia para ella, está dispuesto a alejarse, porque no quiere que nadie se incomode por su culpa. Lourdes vuelve a agradecerle por lo que hizo por su hijo y le dice que le gusta esta versión nueva de Fernando y que le hace bien el vínculo adulto que tienen. Él reacciona al cumplido con una sonrisa y le dice: “A veces hay que perderlo todo y tocar fondo para valorar lo que uno tuvo. Yo lloré mucho tu ausencia, Lourdes. Te eché de menos. Desde aquel martes que te fuiste hace exactamente 49 meses, me propuse mejorar mi conducta, hice terapia y dejé el alcohol. Hoy estoy muy contento con mi presente”. Ella lo escucha atentamente. Confirma que Fernando no tiene nada que ver con el golpeador que ella conoció. Ignora que lo que le dijo, es otra mentira, y que después de ella, Fernando se separó de otras cuatro mujeres por las mismas razones que ella y que tiene por lo menos siete denuncias por violencia.
Suena el teléfono de Lourdes. Es Edder; le pregunta si va a demorar mucho porque a la noche habrá un cumpleaños en el restaurante y necesita que le ayude con la cocina. Lourdes le dice que en está terminando unos trámites y que en una hora llegará al restaurante. Se despide de Fernando con un abrazo que revela gratitud y confianza.

Decide pasar por el Jardín. Toca timbre, y cuando una maestra abre la puerta, Lourdes insulta a todos los presentes. Se descontrola. Agarra del brazo a la supuesta agresora de su hijo y le grita: “¡Pegame a mí como le pegás a mi hijo, imbécil! ¡Dale, animate, hija de puta!” Nadie entiende qué sucede. Lourdes tiene un ataque de ira que asusta. La Directora del Jardín interviene, separa a las dos mujeres, intenta calmar a Lourdes sin éxito, le da un vaso con agua y le pide que le cuente a qué se debe su enojo. Ella está sorda, insulta nuevamente a todos, pega un portazo y saca a su hijo corriendo de ese establecimiento educativo para siempre.
Cuando llega al restaurante, ve todo dado vueltas. Edder está sentado en el piso, desconsolado, con las dos manos tomando su rostro ensangrentado y le dice con voz de derrotado, que hace unos minutos tres sujetos armados le robaron todo el dinero del mes que había juntado para pagar los servicios, el alquiler, los sueldos y lo adeudado a los proveedores. Edder está sobrepasado, pero elige no decir que es probable que deba bajar la persiana del restaurante. Lourdes omite contarle que la persona que marcó su vida a golpes, dialoga con frecuencia con ella. Tampoco le dice ni una palabra del escándalo que ella protagonizó en el Jardín.

Las charlas entre Lourdes y Fernando se incrementan y el tema ya no es estrictamente el Jardín. Hablan del país, del trabajo, de la familia, de lo difícil que es mantener vivo el amor en una pareja en países con escenarios tan cambiantes. También hablan de la historia en general y de la historia particular de ellos. Fernando es hábil con la palabra, nota que Lourdes ya bajó sus barreras. Comienza a seducirla con sutileza. Le recuerda los momentos de felicidad que construyeron y vivieron juntos. Emplea ademanes que potencian su simulada caballerosidad. La inteligente selección de hechos felices que manifiesta Fernando, logra que Lourdes suprima todos los golpes que le propinó y todo recuerdo penoso. Fernando ya sabe que está a pocos pasos de la meta: volver a convertir los días de Lourdes en una pesadilla. Le promete una situación económica holgada, un futuro lleno de oportunidades para ella y su hijo, y amor en dosis industriales como nunca nadie le brindó. Lourdes ya está en duda. Las alarmas de su cerebro que indicaban peligro, ya no suenan. El psicópata está logrando lo que buscaba. Lourdes titubea una vez más, y en medio de las nubes de confusión, concluye que su pasado fue de terror, que su presente es malo y por lo tanto opta por creer en un futuro próspero. Debe decidir por ella y por su hijo. Se convence de que en el futuro está su salida, aunque sea con el hombre que tanto daño le hizo, un tiempo atrás. Se obliga a creer que Fernando cambió, que es un buen tipo, que nada malo puede suceder. Paralelamente se mete en la cabeza la idea de que con Edder ya nada bueno puede ocurrirle. Admite que lo quiere pero que ya no lo ama. Y entiende que es el momento de decirle Adiós.

Edder percibe que algo le sucede a Lourdes pero tiene demasiados inconvenientes económicos y miedos a la respuesta de su mujer, como para profundizar en el tema y erradicar su duda. Nota que la indiferencia se apodera cada día más de la pareja. Siente que la relación está en un camino empinado y resbaladizo. Intuye que ella tiene algo para decirle y que cuando lo haga, le dolerá. Prefiere evitar el dolor y hacerse el tonto, como si no se diera cuenta.

Fernando avanza, ejecuta una jugada fuerte. La invita a Lourdes a almorzar. La cita es en su casa para que nadie los vea y para evitar que ella tenga problemas con su marido. Lourdes acepta sin titubear. Va al encuentro con la excusa de ir a una charla sobre violencia doméstica en la UBA. Toca el portero “9 B” de un edificio ubicado en la calle Colombia, en Palermo. Fernando le abre la puerta desde arriba. Lourdes sube por el ascensor. Cuando se llega al noveno piso, Fernando la está esperando. La recibe con un abrazo, un ramo de flores y un beso que la moviliza. Almuerzan y dialogan relajados. La esperanza y la atracción se asoman en cada frase y conducirán a los amantes a territorios de goce y tormento. Ya no hay ni un gramo de dudas en la mente de Lourdes; cree que Fernando es buena persona. Considera que ya no tiene razones para temer. Está segura de que quiere estar con él. Devuelve cada piropo con una sonrisa cómplice. Fernando dibuja con su mirada un triángulo en la boca de Lourdes y le dice que hace años que no bebe alcohol pero que hará una excepción y tomará una copa de champán para celebrar el reencuentro. Las burbujas y la música suave contribuyen para que Lourdes se desinhiba. Se siente deseada y contenida. Fernando apela a palabras prolijamente seleccionadas para causar mayor impacto en la emocionalidad de Lourdes. Le pinta un futuro maravilloso. Ella lo calla con un beso que él no esperaba. Acto seguido, la ropa de ambos cae al piso de parqué y sus cuerpos desnudos vuelven a encontrarse. El placer los inunda. El pensamiento se detiene. La razón pierde la batalla con la pasión. Lourdes transita una carretera de señales mal leídas, de difícil retorno.

El tiempo transcurre, se hace tarde para volver a casa, pero a Lourdes ya no le importa. Ya decidió: regresará con su ex, devenido en actual, que le aportará un futuro repleto de amor y ternura.
Fernando juega su naipe clave: le propone viajar a la ciudad de Córdoba para empezar una nueva vida como ambos se merecen. Pero le dice que la propuesta vence a las 23:50 horas y que tiene tres horas para dar el salto de su vida. Lourdes asiente con la cabeza, le da un beso y se va. Tiene 180 minutos para poner fin a la relación con Edder, armar las maletas, buscar a su hijo y volver a la casa de Fernando para partir rumbo a Córdoba para ser feliz de una vez por todas.
Cuando llega a su casa, Edder la mira y presiente que una noticia mala se aproxima. Lourdes, con el mentón alto, le explica que está confundida, que lo mejor es tomar distancia y que cada uno siga su camino. Edder se bloquea, no le salen las palabras. Siente que sus sueños se derrumban. Se limita a mirarla y escucharla. Lourdes, con una frialdad que Edder desconoce, arma sus valijas en su cara y cuando termina, lo abraza fríamente, le desea buena suerte y se acerca, a paso firme, a la puerta de calle. La abre y antes de cerrarla, lo mira por última vez a Edder y le dice: “Es mejor así. No me detengas y no busques a Manuel; me lo llevo conmigo un tiempo. No te preocupes, vamos a estar bien”. Lourdes sale a la vereda, camina dos cuadras, busca a Manuel, que está en la casa de un amigo, toma un taxi y llega a las 23:45 horas al edificio de Fernando.

Edder está quebrado en todo sentido; no tiene un peso, la hermosa familia que creyó tener se diluyó, su corazón está hecho añicos, y siente mucha vergüenza de sí mismo. No puede evitar arrepentirse de todo: de dejar de Venezuela, de enamorarse profundamente en Chile, y de seguir a Lourdes a Buenos Aires. Mastica bronca y se mortifica por las decisiones que tomó. Al mismo tiempo, siente cómo se le estruja el estómago por el dolor que le provocan las ausencias. Llora como nunca antes lo hizo. No halla consuelo. A partir de ese momento, los relámpagos de soledad iluminan sus noches…

Fernando, Lourdes y Manuel viajan a Córdoba. Nueve horas después se instalan en una casa amplia, en el tradicional barrio General Paz. Los primeros días de convivencia parecen geniales. Pero la ilusión se evapora pronto. Pasada la primera semana, los episodios de violencia que parecían parte del pasado en la vida de Lourdes, se reanudan. Fernando complementa los reproches tóxicos crónicos con golpes. Los días de Lourdes y Manuel se convierten en un laberinto de oscuridad. Ella volvió a usar anteojos oscuros día y noche, y ropa que le tape todo el cuerpo para evitar que se le vean las marcas. Cada noche culpa al destino por su vida y por su presente. No reconoce que volvió a caer en la misma pesadilla que tanto le costó abandonar. Está en caída libre y sin red…

Fernando logró su objetivo y no experimenta ninguna culpa. Es un maltratador de tiempo completo.
Manuel es el más perjudicado porque debido a su corta edad, jamás tuvo la oportunidad de elegir nada y debe padecer un infierno diario al que otros lo condenaron. Usa auriculares con el volumen alto todo el tiempo, para no escuchar las palizas que recibe su madre.
Edder, todas las noches antes de acostarse, reza por su padre y por su hijo, y piensa en la noche que conoció –sin quererlo ni buscarlo– a la mujer que le devolvió esperanzas de amor. También recuerda la euforia con la que esperaba los años bisiestos, porque solamente una vez cada cuatro años, tenía 24 horas extras para amarla…

FIN


*Iván Ambroggio es Director y Profesor titular del Diplomado en Gestión de Gobierno de la Universidad de Belgrano; autor de los libros Reflexiones sobre Argentina y el mundoMalvinas; y Postales del Siglo 21.