El Secretario General de la OEA dijo en el Club de la Prensa en octubre de 2013 que en América Latina hay mucha democracia y poca institución. Durante las últimas dos décadas Honduras ha sufrido un significativo incremento en la cantidad de personas afiliadas a las maras, así como en la actividad delictiva y la violencia que se deriva de éstas. En un nuevo informe basado en un abundante trabajo de campo, “Insight Crime y la Asociación para una Sociedad más Justa”, explicitan que las dos más grandes pandillas de Honduras, la MS13 y Barrio 18, están evolucionando, y cómo sus actuales modus operandi dan como resultado sorprendentes niveles de violencia y extorsión.

Un estudio de Latinobarómetro (del año 2012) realizado en 18 países de la región, expresó que el 32 por ciento de los encuestados considera que la delincuencia, la violencia y las pandillas son el principal problema de su país. Oscar Arias –ex presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, por su participación en los procesos de paz en los conflictos armados de América Central de los años ochenta– citó hace aproximadamente media década, estadísticas contundentes de Naciones Unidas, que revelaron que el 42% de los homicidios con arma de fuego perpetrados en el mundo, tuvieron lugar en América Latina. Las maras son las pandillas callejeras que trascendieron el barrio y hoy ponen en jaque a pueblos, ciudades y países enteros. Algunas tejieron vínculos con el narcotráfico y el crimen organizado. Estas bandas surgieron en los años sesenta, pero adquirieron mayor poder y relevancia a partir de los años ochenta. El Salvador, Guatemala y Honduras son los tres Estados donde los mareros se cuentan de a miles, igual que en México y en Estados Unidos. La extorsión es un método para financiar su existencia. Mediante, la llamada “renta” o “impuesto de guerra” (en Honduras) las maras cobran una cantidad de dinero a las personas, especialmente a los trabajadores del transporte colectivo y a los comerciantes. La recolección del dinero,  la efectúan  con una frecuencia  semanal o mensual. Si no se paga la renta, el colectivo es incendiado o la persona es asesinada sin contemplaciones. En los años noventa, una de las marcas distintivas de los mareros, eran los cuantiosos tatuajes que exhibían  en sus cabezas y en casi todo su cuerpo. Hoy, para evitar la estigmatización, algunos  ocultan sus tatuajes, se los borran y/o se los hacen en zonas del cuerpo no visibles a simple vista.  Poseen un código moral que contempla severos castigos y actos de venganza crueles. Empezaron como tribus urbanas  reclutando gente muy joven. Su objetivo es el reconocimiento y el sentido de pertenencia a una causa. “Vivir la vida loca”, sin importar que esto implique transgredir leyes y normas sociales, es el eslogan organizacional de estos grupos. Sexo, drogas y violencia desenfrenados, es un coctel impactante que inunda las calles de los países donde estas pandillas residen. El narcotráfico no es su principal objetivo. No obstante, hay estudios que revelan sus conexiones y argumentan que la violencia ejercida por las maras fue el valor agregado que motivó que fueran contratadas por el cartel de Sinaloa, como ejército de combate.

En septiembre de 2016, el canal de noticias argentino TN tituló: “la Mara Salvatrucha, tiene una célula en la Argentina”.  “Salvatrucha –una de las maras más salvajes y rival histórica de la M-18 o Barrio 18- tendría una célula operando en La Matanza”, informó el Ministerio de Seguridad de la Argentina, después de detener 16 personas  (el 2 de septiembre de 2.016), en un bunker en el que había cocaína, marihuana y armas largas.  Es preciso aclarar que las maras no operan en células (modus operandi propio del terrorismo) sino a través de clicas [1].

El  flagelo de las maras es multidimensional, y por tanto, tiene una estrecha relación con la economía formal y la falta de estructuras sociales que brinden contención e inclusión social a grupos numerosos de personas. La exclusión del sistema formal es un ingrediente que impulsa a muchos seres humanos a decidirse (algunos no tienen ni siquiera la posibilidad de escoger) a vivir en un mundo de ilegalidad, violencia y extorsión. En América del Sur, los barrabravas [2] se presentan como una categoría que comparte ciertas características con las maras, pero también presenta varias diferencias. Expertos en Seguridad internacional, desmienten el establecimiento de maras en la porción meridional de América. La captura de un marero o un grupo de mareros no es sinónimo de que estas organizaciones criminales se hayan radicado en la Argentina.

Es sabido que el contexto socioeconómico fomenta determinadas prácticas. Las recetas económicas que aconsejaban la necesidad de un Estado mínimo y la implementación de  una teoría fabulosa de derrame económico y desarrollo durante los años noventa, merced a la implementación de privatizaciones sin límites y a un capitalismo sin responsabilidad social, dejaron profundas secuelas en las sociedades del hemisferio. Sus efectos fueron pueblos fragmentados y sumas dolorosas de desocupados y excluidos. En el año 2011, un informe de Latinobarómetro expresó que América Latina disminuyó su pobreza de 44% a 28%,  y que cerca de 50 millones de latinoamericanos pasaron a ser parte de la clase media, eso es aproximadamente un 8% de la población total de la región. Pero también reveló que cinco de los 10 países más desiguales del mundo están en América, (entre ellos Brasil) y el  último quintil de ingreso tiene el 2,9% del ingreso en América Latina, mientras en Asia es el 8,7%, y en Europa el 6,6%.3. Y alertó que en América Latina el 20% más rico tenía el 57.8% del ingreso, mientras que 127 millones de pobres vivían hacinados en las ciudades. En esta región del mundo vive  el 9% de la población mundial, se produce el 27% de los homicidios del planeta y 10 de los 20 países con mayores tasas de homicidios del mundo son latinoamericanos. Sin dudas, uno de los principales factores del aumento de la violencia y la falta de seguridad tiene que ver con la mala distribución de la riqueza en Latinoamérica. Los integrantes de las maras, encuentran un sentido de pertenencia en estas organizaciones criminales, que no conocieron en el mundo formal. Y una vez que las personas ingresan a estas organizaciones, la salida (con vida) de esas estructuras violentas, es prácticamente imposible. Basta con recordar el caso de Ernesto Smokey Miranda, un ex soldado de alto rango y uno de los fundadores de la Mara Salvatrucha, quien el 13 de mayo de 2006 fue asesinado en su casa en El Salvador, unas horas después de negarse a asistir a una fiesta para una miembro de la banda que acababa de ser liberada de la prisión. Su pecado mortal: había comenzado a estudiar Derecho y a trabajar para mantener a los niños fuera de las pandillas. Otro repudiable hecho perpetrado por Salvatrucha, acaeció en 2004, cuando detuvieron un autobús en Honduras y terminaron asesinando a 28 pasajeros, en su mayoría mujeres y niños. La mayoría de las pandillas están integradas por centroamericanos (salvadoreños, guatemaltecos y hondureños), y se encuentran activas en zonas urbanas y suburbanas. Tienen clicas localizadas principalmente en Centroamérica. Según una pesquisa de Latinobarómetro (2011), en el Salvador, un 40% dice que el problema principal es la delincuencia, y un 11% las pandillas y violencia, llegando a un 51% de la población que acusa el problema de “delincuencia, violencia, pandillas”. En Guatemala, un 30% dice que el problema principal es la delincuencia, y un 21% las pandillas y violencia, llegando a un 51% de la población que acusa el problema de “delincuencia, violencia, pandillas”. El mismo informe revela que en seis países de la región la “delincuencia” sumado a las “pandillas” no es el problema principal: Paraguay (desempleo 30%, delincuencia 29%), Chile (Educación 27%), Nicaragua, República Dominicana y Bolivia tienen como problema principal “problemas económicos” y Brasil tiene la salud (26%).

Un capítulo aparte merece  la percepción del temor. Esta es independiente de la victimización. Sabemos que la percepción del temor e inseguridad no tiene correlación significativa en general con los grados de victimización. Los medios de información – erróneamente llamados “medios de comunicación”– llenan un vacío de liderazgo haciendo que la formación de la opinión pública sobre este tema oscile al vaivén de los hechos diarios y puntuales. No pocas veces, se instala un clima de inseguridad y temor que no se condice con los hechos objetivos (número de víctimas). Por momentos,  aumentan los homicidios y disminuye la cobertura que los medios le brindan al tema seguridad, y otras veces, el tema ocupa prácticamente todo el espacio de todos los medios, cuando paradójicamente la cantidad de homicidios disminuye. Este fenómeno, por lo general, se da cuando se trata de casos mediáticos con fuerte impacto social, como fue el caso de Nora Dalmasso en la Provincia de Córdoba (República Argentina).  Investigaciones en Estados Unidos de los años sesenta demostraron que el aumento del temor no estaba correlacionado con un aumento de la criminalidad. El temor es un fenómeno autónomo que no necesariamente se va a mover en la misma dirección que la victimización. Existen países donde la delincuencia es alta y la percepción disminuye por un reconocimiento de los avances logrados en materia de seguridad; y países donde la delincuencia es baja y la percepción aumenta por el aumento respecto del pasado[3]. Un dato para nada desdeñable, es que para algunos pueblos de los países de la región pareciera que el jardín del vecino siempre es más verde. Se trata de fantasías sociales fomentadas por grupos de presión para obtener algún beneficio que satisfaga sus dudosos intereses altruistas. Otro dato que exige a gritos la atención de los gobernantes, es que en la mayoría de los países observados, la violencia privada es al menos tan alta como la violencia social y pública. Los delitos de los espacios privados y la violencia intrafamiliar, especialmente contra la mujer, requieren mayor atención.

Sintetizando, estamos en una región donde el 68% de la población se auto-considera “clase baja”, el 30% “clase media” (que aumentó respecto a estudios anteriores de Latinobarómetro) y el 2% “clase alta”[4].  Esto refleja que existen dos Américas Latinas, la que disfruta de los beneficios del crecimiento y la que mira por la ventana cómo disfrutan los otros. El paisaje se completa con violencia, como modo de solución de conflictos y  Estados que no logran imponer la ley en sus territorios. En este contexto, la educación universal y gratuita, se convierte en una herramienta clave para disminuir las asimetrías y producir mejores sociedades y colectivos de incluidos. La educación formal es un mecanismo de contención social que además promueve la movilidad social ascendente. Mientras esto no suceda, las maras y otras organizaciones criminales, seguirán reclutando en las calles más vulnerables del hemisferio, ejércitos de jóvenes desesperanzados y desplazados del mercado formal  –que anhelan reconocimiento, dinero y sentido de pertenencia–  que no necesitarán mucho análisis para decidir integrar sus filas. En películas donde imperan la vulnerabilidad y la ilegalidad,  las vedettes suelen ser  la violencia y la extorsión.

[1] Banda barrial, caracterizada como “pandilla”, por la prensa y la policía.

[2] El término barrabrava se emplea en América Latina para designar a aquellos grupos organizados dentro de la hinchada de un club de fútbol, caracterizados por ser protagonistas de incidentes violentos y actividades ilegales, dentro y fuera del estadio de fútbol.

[3] y 4  Informe Latinobarómetro 2013.