Lula: ¿preso o nuevamente presidente?

Luis Inácio Lula Da Silva fue un obrero metalúrgico y un sindicalista brasilero, de orígenes humildes. A mediados de la década de 1980, ocupó la presidencia del sindicato de los obreros metalúrgicos. Fue uno de los principales organizadores de las mayores huelgas durante la dictadura militar. Pero este líder combativo tuvo una infancia difícil. En su vida hubo grandes ausencias y trágicas pérdidas. Hasta sus cinco años, Lula no conoció a su padre. En una biografía autorizada dijo que su padre era “un pozo de ignorancia” y un alcohólico. Trabajó desde niño como lustrín, y a los catorce años consiguió trabajo en una planta de producción de tornillos, donde trabajaba doce horas diarias, tras dejar la escuela en quinto grado, debido a la necesidad económica que asfixiaba a su familia. Buscó capacitarse en un oficio. Se inscribió en un curso de tornero mecánico impartido por el Servicio Nacional de Industria. Perdió parte de un dedo meñique utilizando una prensa hidráulica, en una fábrica de carrocerías de automóviles en 1964, justo cuando se instauró la dictadura que destituyó a João Goulart. Padeció hambre, frío, olvido y exclusión, desde muy pequeño. En 1969, se casó con una obrera textil llamada María de Lourdes. Dos años después se confirmó que María estaba embarazada. Lula, feliz, esperaba su primer hijo. Pero el destino quiso que ese nuevo sueño no se cumpliera. Su esposa, víctima de una hepatitis no diagnosticada a tiempo, fue internada en el Hospital Modelo de San Pablo. Lula fue llamado de urgencia. Cuando llegó al hospital –con una valija repleta de ropita para su hijo y la alegría que desbordaba su rostro– recibió la espantosa noticia: su esposa y su hijito habían muerto. En los pasillos del Hospital, Lula aturdido y en estado de shock, se desmoronó sobre un sofá. La impotencia y el horror circulaban por sus venas. Su madre lo abrazó y lo contuvo lo que más pudo, en tan duro momento. Fueron tres años de tristeza extrema. Fue un período traumático que marcó su corazón para siempre. Sus ojos ardían noche y día de tanto llorar. Cuando alguien ha conocido el dolor con una intensidad semejante, reconoce perfectamente el sufrimiento que llevan, en su cuerpo, las personas excluidas de una sociedad. Esa angustia y ese dolor que no cabían en su pecho, lo acompañaron todo el tiempo. Cuando llegó a la presidencia de Brasil, la emoción de los recuerdos de su historia vital, seguramente lo invadió. Ese día, expresó con lágrimas en sus ojos: “yo que tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de de la República de Brasil”. Nada le fue fácil en su vida; tampoco en la política. Fue derrotado cuando quiso ser gobernador de San Pablo, y tres veces en elecciones presidenciales. Las dificultades y las derrotas moldearon su carácter. “El éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano”, expresó John Fitzgerald Kennedy. Lula tomó cada derrota como algo propio y como aprendizaje. Siempre extrajo de sus fracasos algún elemento para afrontar su próxima batalla.

Fue el responsable que desde 2003 hasta 2008, casi 20 millones de brasileros fueron incorporados a las estadísticas como adquirientes de bienes de consumo. En español: todas esas personas dejaron de ser pobres. El programa “Hambre Cero” nació con la decisión de hacer un verdadero programa de integración social. Se focalizó en “los sin tierras”, las aldeas indígenas, la gente que vive en y de la basura, los grupos descendientes de esclavos y las zonas del nordeste. Se unificaron todos los mecanismos federales de transferencia en uno solo denominado “Bolsa Familia” (en portugués, bolsa significa beca).

Cuando las personas de mayores ingresos cuestionaban severamente los programas sociales, Lula más dolido que enojado, dijo: “su ignorancia es de tal magnitud que piensan que una familia prefiere vivir con 85 reales mensuales (42 dólares aproximadamente en ese momento), antes que ganar un salario digno de 616 reales mensuales (alrededor de 308 dólares, en ese momento). Estas palabras las pronunció en la entrega de 457 diplomas a jóvenes que estudiaron diferentes oficios, en un plan de inserción laboral parte de “Bolsa Familia”.

Luis Inácio Lula Da Silva nunca pasó desapercibido. El nombre del ex presidente de Brasil transcendió las fronteras nacionales y continentales. En 2009 fue elegido por el diario francés Le Monde como “Hombre del Año”. También en 2009, el Suplemento del diario español El PAÍS, sobre personas iberoamericanas más destacadas, lo escogió como personaje del año; y en 2010 la revista norteamericana TIME lo consideró uno de los cien líderes más prominentes.

El niño humilde devenido en presidente nunca renegó de sus raíces ni de su triste hoja vital. “Habría sido peor presidente de no haber sufrido lo que sufrí”, supo decir. Adquirió fuerzas y valor en los momentos más crudos de su vida y supo construir una nueva mirada colectiva en Brasil. Lejos del extendido sentimiento de “ganamos” y “perdieron”, le infundió al país de la casaca “verdeamarela”, la consigna “si perdemos, perdemos todos, y “si ganamos, ganamos todos”.

Se retiró del sillón presidencial con el 80% de aprobación de su gestión. Este dato no es menor. Sólo a efectos comparativos, cuando Fernando Henrique Cardoso dejó la presidencia en 2003, tenía un 26% de aprobación. Este contraste es ilustrativo para entender los cambios de los humores sociales y de la adhesión o repudio que generan los líderes políticos en las sociedades, en distintos momentos históricos.

Luego del alejamiento de Lula de la presidencia y de la gestión de Dilma Rousseff que terminó en escándalo y en su destitución, su vicepresidente, Michel Temer, asumió la presidencia del gigante del MERCOSUR. Temer es además presidente del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB).

Los hechos de corrupción que salpicaron al gobierno de Rousseff  y pusieron en jaque al Partido de los Trabajadores (PT), dejaron en terapia intensiva la honestidad y la popularidad de Lula. La relación siempre compleja entre política y justicia hizo que el PT se ganara millones de repudios. Lula no podrá postularse en las elecciones de 2018 si es condenado por su presunta participación en la megacausa de corrupción conocida como Lava Jato. No obstante, las recientes escuchas que involucran a Temer y circularon por todos los medios de comunicación, sumado a la actual situación social, cambiaron nuevamente el humor en las calles. Una encuesta de la consultora Datafolha, reveló recientemente (abril de 2017) que Lula lidera la intención de voto para las elecciones presidenciales de 2018. Las tendencias indican que  Lula no para de elevarse en la carrera a la presidencia merced al rechazo que provoca el gobierno de Michel Temer. Reformas impopulares, ruidos fuertes de corrupción que involucran al presidente y su gabinete y una economía que no arranca, contrastan con la memoria de los electores sobre el gobierno del ex presidente más popular de la historia de Brasil. Observar la evolución de la intención de voto a lo largo del último año es un dato para nada insubstancial. Datafolha hizo cinco encuestas entre marzo de 2016 y abril de 2017 y en todas Lula creció con relación a la anterior: 17%, 21%, 22%, 25%, 30%, respectivamente. En el mismo período, Aécio Neves, el candidato que enfrentó a Dilma en el ballottage de 2014, no paró de caer: 19%, 17%, 14%, 11%, 8%.

A pesar de su complicada situación judicial por el caso Petrobras, todo indica que Lula obtendría gran apoyo del electorado si se postulara en las próximas elecciones presidenciales. Según el último sondeo de la consultora mencionada, Lula obtendría el 30% de los votos, el doble que Marina Silva, una ex ministra de su gobierno, que se mantuvo en 15%, y Jair Bolsonaro, un “outsider” de extrema derecha que sumaría alrededor de 15% de los votos, suficientes para quedar segundo en uno de los escenarios analizados. Según el estudio, Marina Silva es la única política en condiciones de vencer a Lula en segunda vuelta: 41 a 38%, diferencia considerada por Datafolha como “empate técnico”. En todas las demás mediciones, el ex mandatario, se impondría ampliamente. En el caso puntual de Lula, 30% respondió que lo votaría “con certeza” y 17% que “podría votarlo”, lo que da un “potencial de voto” de nada menos que 47% para la primera vuelta. El potencial de sus adversarios está muy abajo: sumando los votos “con certeza” y “probables”, Marina Silva llega a 33%, y la siguen Dória (24%), Aécio y Alckmin (22%) y Bolsonaro (17%). El 51% respondió que no votaría a Lula en ningún caso, porcentaje que cae a 50% en el caso de Marina Silva y sólo es inferior entre los dos candidatos menos conocidos: Dória (32%) y Bolsonaro (42%). Los dos “tucanos” más famosos, Aécio y Alckmin, tienen un rechazo de 62% y 64%, respectivamente.

“Lula se mantiene en el liderazgo pese a las menciones recientes en Lava Jato”, señaló la encuestadora, en referencia al caso Petrobras, que investiga una red de sobornos y desvíos de dinero público. Los datos de Ibope también expresan que Lula fue el único candidato que aumentó su potencial de voto y redujo su rechazo con relación a abril del año pasado, cuando el porcentaje de los que decían que jamás votarían a Lula llegaba al 65%.

El escenario político brasileño entró en fuerte desconcierto desde que fue destituida Dilma Rousseff, sucesora de Lula, por adulterar las cuentas públicas. Y el caos político ha sido potenciado por los escándalos de Petrobras y de la constructora Odebrecht, que confesó haber comprado multitudes de funcionarios públicos.

Según la consultora Ipsos, el actual presidente Michel Temer tiene hoy una popularidad de apenas 4%, la más baja de la historia para un mandatario ejercicio. El 87% desaprueba totalmente su actuación y el 92% cree que el país va en el rumbo equivocado.

Este escenario es propicio para la aparición de figuras como el extremista Bolsonaro, que defiende a la última dictadura (1964-1985) y de otras personas sin identificación partidaria, pero con prestigio social, como el juez Sergio Moro.

Lula, el ex presidente que logró que su país fuera la sede de los Juegos Olímpicos y del mundial de futbol, sabe muy bien que en política los enemigos son verdaderos y los amigos son falsos.

Nicolás Maquiavelo expresó en su obra El Príncipe: “los pueblos son ingratos e inconstantes”. En Brasil, los datos recientes confirman la inconstancia social a la que se refiere el pensador italiano en su polémico trabajo sobre política y poder. Lo concreto es que lo que ayer fue bueno, hoy puede ser nefasto y mañana maravilloso. En el inmenso país sudamericano, algunos consideran que el país tiene una deuda con Lula, y otros creen que el ex presidente está en deuda con el país. La justicia y las urnas del año 2018 decidirán el futuro de Lula y de Brasil. Es probable, que ambas tengan la delicada tarea de definir si el destino de Lula será la cárcel o la presidencia.