Drogas: un negocio basado en la oportunidad y la vulnerabilidad

Abordar el flagelo del uso de las drogas supone transitar un complejo y extenso camino. No hay recetas generales, porque el fenómeno está colmado de peculiaridades. Si las hubiera, las aplicaríamos más y hablaríamos menos. Un adicto salvadoreño fue al hueso de la cuestión: “nuestra sociedad tiene una tendencia a ‘narcotizar’ los sentimientos; los adictos sólo vamos por delante”. Un especialista norteamericano dice: “si somos compulsivamente consumistas, también desearemos poder comprar drogas”. Las respuestas son múltiples y los vínculos variados. Si no se los conoce, no hay manera de afrontar con eficiencia el problema. De ahí la importancia de contar con diagnósticos científicos que permitan asignar recursos racionalmente.

Los pobres resultados obtenidos por la implementación de un paradigma cuyo pilar para  combatir el problema mundial de las drogas radica en rabiosas recetas penales, ha conducido a la reflexión crítica de los presidentes del continente americano. Lo cierto es que el empleo de la disuasión como medida única para paliar los efectos nocivos del problema (mayor cantidad de armamento, tanques, aviones, y penas duras) no logra contener a los excluidos del mercado formal que se convierten en presas preferidas del Narcotráfico por su vulnerabilidad. La vulnerabilidad, valga esta aclaración, atraviesa sin anestesia todos los segmentos de la sociedad y se presenta en distintas modalidades: vulnerabilidad económica, vulnerabilidad emocional, vulnerabilidad laboral, etc. La droga invade todas las franjas de la sociedad. No discrimina por religión, ideología, sexo o nivel de ingresos. Y prepara productos a medida para cada segmento social, “respetando” sus particularidades. Posee estudios de mercado análogos a los de una corporación legal exitosa.

Las “mulas” (conocidas mundialmente como “burrier”) son reclutadas principalmente en ámbitos donde las necesidades del ser humano no están cubiertas por el Estado. En esos vacíos, el Narcotráfico también encuentra su legitimidad. Sus acciones comunitarias logran confundir a los ciudadanos. “Los muchachos son buenos; hicieron hospitales, escuelas y los clubes de fútbol andaban mejor. Además, a la gente no le importa de dónde proviene el dinero, le importa las obras y poder comer y progresar”, dice un taxista en Bogotá. Este comentario espontáneo ilustra la legitimidad que pueden adquirir estas organizaciones en la sociedad.

La diversidad de posiciones sobre el comercio ilegal de drogas, se debe a la magnitud del tema. Hay quienes piensan que las políticas están bien, y que lo que falla es la materialización (mejores leyes, instituciones más fuertes). Pero el mundo del deber ser pocas veces coincide con la realidad. El cumplimiento de la ley y la fortaleza de las instituciones son características indiscutibles de los Estados Unidos. Lo paradójico, siguiendo la lógica de esta perspectiva, es que este Estado es el principal consumidor de sustancias psicoactivas del mundo.

Una dimensión chocante es la inseguridad que rodea (o que se dice que rodea) al fenómeno del narcotráfico. No es posible esbozar una relación directa entre ambos, con sustento científico. Lo usual es medir cuántos homicidios por cada cien mil habitantes tiene un país. De acuerdo con diversas fuentes, Guatemala, Honduras y El Salvador exhiben tasas promedio que oscilan entre 40 y 50 homicidios por 100 mil habitantes (las más altas de la región, junto con Colombia y Venezuela). Un segundo grupo, con tasas no mayores de 12, está integrado por Costa Rica, Nicaragua y Panamá. El tercero (Chile, Uruguay y Argentina) tiene las tasas más reducidas (no mayores de 7). ¿Es tranquilizante? Para nada y tampoco sirve como consuelo pero sirve para comprender dónde estamos parados y rumbo a qué lugar (más triste) podríamos ir.

Los grupos criminales no aparecen en determinadas regiones porque sí. Tampoco desaparecen por una profunda reflexión ética. Aprovechan oportunidades, vacíos y ventajas que permiten satisfacer sus intereses a menor costo (incluye desde dinero hasta posibilidades de ser apresado). No obstante, si bien es importante cuidar la “seguridad interior” de un Estado, también es importante cuidar las leyes importantísimas que tanto esfuerzo ha costado gestarlas y que tanto aportan al funcionamiento democrático. Me refiero a la Ley de Defensa Nacional  y la Ley de Seguridad interior de la República Argentina. Ambas fueron pasos firmes hacia la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil. Son fruto de mucho esfuerzo y merecen un respeto proporcional. Su objetivo fue limitar la injerencia de las Fuerzas Armadas en el plano interno (salvo algunas excepciones puntuales). Por eso, es sumamente peligroso declarar la guerra a las drogas cuando existe una burocracia corrupta a la que no se puede controlar.

Los grupos criminales  buscan espacios físicos con determinadas características. Cuando un territorio está “apto” para la droga, lo único que falta es encontrar un producto acorde a al mercado, principalmente barato. Algunos habitantes de comunidades vulneradas y sin futuro, viven acorralados por la adicción a cualquier sustancia narcótica que puedan conseguir. La juventud marginada suele ser tentada por unos billetes que no reciben del empleo formal y legal porque ni siquiera tuvieron la oportunidad de conocerlo cara a cara (y quizás el empleo formal nunca pase a saludarlos).

Este mundo ilegal les brinda, a los excluidos del sistema, un sentido de pertenencia y un objetivo de vida que no hallan en otro lugar. Malo o muy malo, pero un objetivo que no poseen en su vida “legal”. En esta vulnerabilidad, las drogas hallan la oportunidad y tejen fuertes vínculos con “las maras” en Centroamérica, por citar un ejemplo tan triste como preocupante.

“Puede que me comprometa con un sicario con plata cuando llegue el momento”, dice una joven de Medellín. Un ex jefe policial colombiano comenta: “quedan viudas de un sicario asesinado, con un hijito, y vuelven a casarse con otro. Son reincidentes. Siempre dicen lo mismo: ‘Es que a mí me gustan malosos’.”

La actividad menuda no demora en comenzar a ejercitar la economía de escala. El mercado,  ilegal también tiene sus “fuerzas”. Según un informe de la SEDRONAR, en la Argentina hubo 321 mil muertes en el año 2010, de las cuales el 15,9 % tiene relación con las drogas, esto es, más de 50 mil casos.

Este negocio desarrolla, de manera similar a una empresa legal, una suerte de beneficios para fidelizar clientes. Para esto, en el mundo de las drogas se implementan estrategias para que paulatinamente resulte más difícil ser policía y más tentador pasar a integrar las tropas de organizaciones oscuras, por la rápida rentabilidad (en términos comparativos) que éstas ofrecen.

Pese a todo, enviar a las Fuerzas Armadas a trabajar en la gestión de la seguridad democrática es muy arriesgado, porque cuando se lanzan soldados a la calle para combatir bandas criminales, siempre litros de sangre de color civil terminan manchando el territorio.

En un mundo multipolar y multicivilizacional como el actual, el paradigma de la guerra contra las drogas basado únicamente en el combate de la oferta, ha mutado formalmente a un paradigma más amplio que pone el acento en la persona humana y que involucra también a la salud pública. La proliferación de actores y las vinculaciones tóxicas entre algunos de ellos, exige nuevos procesos de toma de decisión  y líneas de acción en los países del hemisferio. Como bien expresa el cantautor español Ismael Serrano: “ya nada es lo que era”.

Existen países altamente prohibicionistas –como Rusia y China– razón por la cual los tratados internacionales que imperan serán discutidos, pero en lo inmediato no cambiarán radicalmente.

La cultura también cumple un rol en el mundo de las drogas. Cuando la violencia se convierte en lenguaje irracional de comunicación, una tormenta de difícil control está en camino. Cuando lo nocivo se vuelve “cool”, la carretera de retorno se vuelve hostil. Para algunos jóvenes, la pandilla es el hogar que no tienen y/o la familia que les falta. Aquí reside la importancia de la inclusión social como política de seguridad clave (aunque no única) para enfrentar activamente al Narcotráfico.

Algunas cifras podrían demostrar que Estados Unidos se está ocupando de sus consumidores de drogas; pero otras indican que las narices neoyorquinas son las más difíciles de satisfacer del mundo. Quizás, sea el momento para pensar un nuevo paradigma sin borrar de un plumazo los instrumentos valiosos que tanto nos costó conseguir, para no tener que lamentar más bajas humanas.

La única certeza es que todo lo hecho a nivel global y doméstico –mucho o poco según el lente que se use–, está muy lejos de ser suficiente para erradicar de raíz este peligroso problema social que cambia vidas por billetes.

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Iván Ambroggio

Analista internacional, especializado en la Universidad Nacional de Defensa de Washington; Director académico del Diplomado en Gestión de Gobierno de la Universidad de Belgrano, Consultor Político.