Inauguran la “Primera Casa Trans de Córdoba”

Florencia Monterrey, activista transexual, da su testimonio y celebra la apertura de la “casa trans”, inaugurada ayer con apoyo del Ministerio de Justicia y DD.HH.

En la vida de Florencia Monterrey hay un momento revelador: cuando se calzó un pareo naranja, una pupera roja y salió a las calles terrosas de Los Cóndores. Tenía 14 años y no le importó que los tres mil vecinos de ese pueblo de Calamuchita se escandalizaran al ver pasar a “Juancito”, el hijo de Patricia, vestido de mujer.

—Usé el pareo una semana por que no tenía otra cosa. Después las chicas del barrio fueron solidarias y juntaron ropa en un bolso —dice Florencia. Tiene 41 años, es peluquera, artista y trabajadora sexual.

Desde ahora, Florencia también docente: estará a cargo del taller de peluquería de la primera “casa trans” de Córdoba, inaugurada en la calle Vieytes 1383 de barrio Los Naranjos.

—Va a ser un lugar para que las chicas trans podamos desarrollarnos íntegramente y contenernos —agrega.

Florencia dice que la organización es clave: “En el fondo cada una de nosotras es un universo, somos distintas, tenemos gustos, proyectos, expectativas y sentimientos diferentes entre nosotras” aclara y agrega: “Si hay un punto en común, son nuestras necesidades. En eso coincidimos todas y de ahí nace la motivación de tener una “casa trans”, para que sea un punto de apoyo para todas, con un hilo de coherencia”.

Vida trans – Desde los 90, cuando Florencia decidió avisarle al mundo que sentía y vibraba como mujer, hasta ahora, la apertura en la sociedad ha cambiado.

—En esa época en mi pueblo no había televisión por cable, no tenía referentes trans. Lo mío fue innato. Me vestí de mujer y fui contra todo —dice—. Para mí, las chicas trans somos así desde la panza de mamá.

Patricia, ama de casa en un pueblo del interior, madre y padre al mismo tiempo, apoyó siempre a su hija. “Mirá —le decía— en la vida uno puede ser lo que quiera, pero siempre tiene que ser buena persona”. Para ser quien es, Florencia jamás renegó de su historia, ni de su nombre masculino, ahora exhibe orgullosa su DNI.

—Fui muy feliz de niño. Tuve una infancia preciosa. Lo duro comienza cuando salís afuera. Vestirse de mujer era una trasgresión: mi mamá me mandaba a comprar el pan y tenía que ir a buscarme a la comisaría.

En Córdoba fue artista, trabajó en boliches, hizo stand up, televisión y cine. El trabajo sexual, como sucede en las personas transgéneros, apareció como una tabla de supervivencia.

—Nuestra esperanza de vida ronda los 40 años. Para nosotras todo es más difícil. Imagínense si para una persona heterosexual hoy en día es difícil, para nosotras el doble.

Florencia dice que todavía hoy existe “abuso” por parte de la sociedad. “Para alquilar un departamento te cobran más caro, te niegan el trabajo o se aprovechan”, cuenta. “No es que podés elegir entre ser prostituta o mecánica dental, la elección es: prostituta o hambre”.

Por eso confía que la casa será otro espacio para abrir mentes.

—A los vecinos les voy a decir: pasá, vení, soy trans y esta es mi casa. Se hacer cosas, puedo cortar el pelo, coser tu ropa, usar herramientas; se hacer muchas cosas —, termina.